Atreverse a cambiar

Opinión.- No hace tanto que estamos tan pero tan informados. Tan instantáneamente informados. Cuando Menem traspasó todos los servicios de educación y salud a las Provincias, lo leí después de 13 que era cuando llegaba Página 12 a mi casa. El único diario de Buenos Aires que llegaba antes de las 14 a Viedma. Un misterio que preferí que quedara así, como un misterio sin resolver. No pude dormir la siesta. Fue una foto. Imaginé el resultado en provincias como Mendoza o Córdoba contrastando con el de Formosa. Sentí lo mismo, exactamente lo mismo que siento esta tarde. Sé que lloraría si veo un aviso de Criollitas. Sé que lloraría por cualquier cosa. Sé que siento la misma infinita tristeza.

Alguien me dijo hace poco que los servicios de educación y salud se traspasaron con sus debidos recursos y que yo estaba equivocada. Mirando el resultado, creo que habría hecho una excelente elección si me hubiera consagrado a la quiromancia.

A menos de 10 días de las elecciones nacionales de este 2015, parece cuento que haya habido un candidato audaz que se propuso competir con el candidato “oficial” del oficialismo y el candidato con mejores chances de la oposición. Parece cuento que hubiera superado las P.A.S.O. esa herramienta concebido por el peronismo en su etapa K, para seguir ganando elecciones. Parece cuento que se hubiera quedado sin recursos y que hoy desborde de publicidades con una campaña casi tan onerosa como la del propio candidato “oficial” del oficialismo. Si, entendiste bien, Scioli es el candidato “oficial” del oficialismo y Massa el “para oficial” o el “paralelo” o “blue”.

Nada más evidente. Nada más obvio. El candidato “oficial” le quita votos al candidato con mejores chances en la oposición, de la mano del candidato “para oficial” que despliega una campaña de millones y millones que cualquiera entiende enseguida de donde salen porque ambas campañas, hablo de la campaña del candidato “oficial” y la del candidato “para oficial”, buscan el mismo objetivo.

La corrupción, ese cáncer que nos carcome, que nos debilita, que está enquistado en el cuerpo de la República, no afecta a todos por igual. Y los menos afectados aunque lean las cifras de pobreza y certifiquen día a día que son reales, en el fondo y aún sin hacerlo público, se dicen a sí mismos: “bueno si, es cierto que no lo pasan muy bien, pero el kirchnerismo les dio estos planes y la AUH y esas jubilaciones y no se van a morir de hambre” y en esa misma línea, deciden no profundizar mucho no sea que algo pudiera cambiar.

El peronismo inoculó en los argentinos, que aunque tengamos fama de ser gente preparada y con el ARSAT I y el ARSAT II somos muy sencillos, que el país se divide entre los buenos que descienden de abuelos que recibieron algún beneficio directo de Perón y Evita en los 40´ y que si están vivos son vigorosamente peronistas y heredaron esa pasión a su descendencia que automáticamente es buena y agradecida y los otros, los malos, que no son peronistas porque disfrutan de las injusticias sociales. Increíble pero cierto. (Nunca entendí porque el resto de los latinoamericanos nos admiraban tanto, si queda claro que no somos muy lúcidos)
Este pensamiento viene acompañado, naturalmente, de un desprecio por la Constitución y la institucionalidad que representa, porque los buenos se saltean las reglas para hacer el bien, porque son tan buenos que no dudan en sacrificarse tomando esa difícil decisión que quiebra el acuerdo constitucional porque hay un bien mayor que es hacer felices a los argentinos. A todos. A algunos más que otros pero no entremos en detalles.

No es que seamos una civilización con dificultades orgánicas a nivel cerebral, impedimento que obstruye nuestra capacidad de advertir que el país es una truchada que sirve para que quienes manejan el gobierno, hagan fabulosos negocios. No es que a alguien asombre de que cada uno de ellos, gobernantes y allegados, embolsan fabulosos montos quedándose con un porcentaje de cada obra, de cada kilómetro de asfalto, de cada compra. Para nada. Todos lo sabemos y convivimos con eso sin dedicarle mucho tiempo. No es que alguien ignore que los Lázaro Báez o los Cristóbal López (que son cientos, miles) son el instrumento para que quienes manejan el gobierno, ministerios, organismos, se hagan de su porcentaje de participación en cada erogación que hace el Estado. Todos los sabemos.

Pensamos que es irreversible.

Pensamos que no hay otro modo.

Esta tarde sentí esa tristeza que ya he sentido otra veces. Y la tristeza es menos zonza que el miedo.

El cáncer va a seguir carcomiendo al País porque volamos bajito. Porque no queremos ser Canadá. Porque nuestras aspiraciones son mínimas. Porque nos creemos mucho más de lo que somos. Y no somos gran cosa. Esa es la verdad.

No imagino ningún argentino que niegue el escandaloso nivel de corrupción del gobierno. No imagino un argentino dispuesto a poner las manos en el fuego por Julio De Vido, por ejemplo. Sin embargo, encontrarán el modo respaldar a su descendiente Daniel Scioli.

Dirán que no votan a Macri porque Fernando Niembro hizo un negocio escandaloso (¿y si nos ponemos de acuerdo con los parámetros de escándalo?) con la publicidad. Dirán que no lo votan porque es la derecha (¿y si definimos bien de qué derecha hablamos?), porque es hijo de Franco, porque estudió ingeniería, porque salió con Isabel Menditeguy, porque no se traga las eses….

Dirán que la votan a Margarita porqué les da ternura con su colectivito, sus ojitos achinados, sus denuncias, su 5%, solitario y querible.

Dirán que votan a Massa porque Massa es un duro. Como Scioli que lo tiene a Granados. Dirán que lo votan a Massa porque lo acompaña Lavagna, que, seamos justos, se quedó con el mérito de Remes Lenicoff en el mejor de los casos.

Dirán que lo votan a Massa porque saben perfectamente que es el modo indirecto de votar a Scioli porque aunque en más de una oportunidad hayan coincidido con uno criticando al kirchnerismo, en el fondo solo lo hacen como un convencionalismo. No quieren ser Canadá. Quieren ser esto, un país trucho.

Quieren presidentes truchos, cinematográficos, que con voz impostada, emocionados, anuncien el hecho excepcional de la puesta en órbita del ARSAT II.

CFK puso en órbita dos satélites en sus 8 años de gobierno. Menem puso 5. El gobierno de De La Rúa puso dos. Como el de CFK. Igual. Pero sin cadena y sin magia.
La Argentina que no es más que este conjunto de personas que la habitamos, la vivimos, la trabajamos todos los días, a la que le damos hijos y amores, dolores de cabeza y alegrías, sueños y frustraciones, no es otra cosa más que nosotros mismos y la elección del domingo 25 de octubre, con Alejandro Tullio jurándonos que será una jornada ejemplar para exportar a Finlandia, será nuestra foto de familia, lo que somos, nuestra aspiración.

No hay más Arturos Illías porque los 60´pasaron, porque el mundo cambió, porque no tenemos más caja de Ahorro, ni alumno monitor, ni carteles de “prohibido salivar”, ni teléfonos públicos, ni buzones. El mundo es distinto y aún así podemos aspirar a algo mejor. Y hay que empezar por algún lugar. De algún modo. Lo más lógico es buscar un cambio. Aunque lleve más de un período. Aunque ese cambio nos insumo muchas años.

Ojalá cambiemos!

Claudia Beltramino