Argentinos endeudados
Hay argentinos endeudados. Crece la preocupación por la morosidad y la oposición ya advirtió que allí hay una veta política formidable: familias que no llegan, tarjetas que se acumulan, cuotas que empiezan a pesar demasiado y créditos que se toman para pagar otros créditos.
Todo eso merece ser observado. Pero también merece algo que en la Argentina suele resultar bastante más difícil: ser observado sin convertir inmediatamente al deudor en víctima y a la víctima en cliente político.
Conocemos el endeudamiento. Como muchísima gente, alguna vez todos dimos ese paso más allá de lo que daba la verija. Calculamos mal, gastamos más de lo que podíamos, nos encontramos en problemas y tuvimos que tomar préstamos caros para pagar deudas anteriores. La pasamos mal.
Que hayamos sido responsables de algunas de aquellas decisiones no hizo menos angustiante el problema. Pero que hayamos sufrido sus consecuencias tampoco convirtió nuestras decisiones en responsabilidad de otro.
Esta distinción elemental parece haberse vuelto políticamente incorrecta.
Porque hay algo profundamente arraigado en nuestra cultura: una suerte de política de la lástima, probablemente alimentada por una deformación de aquella tradición católica de asistir al que sufre. Pero la solidaridad y la lástima no son lo mismo. Mucho menos lo son la solidaridad y la irresponsabilidad.
Una familia que mezcla pan rallado con la carne picada para aumentar el volumen y conseguir que sus hijos coman proteínas está pasando una dificultad real. Una sociedad civilizada no puede ser indiferente frente a eso.
Pero tampoco podemos deducir que toda persona endeudada llegó a esa situación por la misma causa.
Hay quien se endeuda porque perdió el trabajo. Quien conserva el empleo pero vio deteriorarse brutalmente sus ingresos. Quien tomó un crédito razonable y sufrió después un cambio extraordinario de las condiciones económicas. Y también existe quien calculó mal, consumió demasiado, tomó demasiadas cuotas o sobreestimó su capacidad futura de pago.
Reconocer esta última posibilidad no es crueldad. Es reconocer que los adultos tenemos conciencia.
Algo parecido ocurrió en otros momentos de nuestra historia, incluso alrededor de determinados créditos hipotecarios. La discusión política tendió rápidamente a dividir el mundo entre víctimas y victimarios. Pero detrás de cada deuda existen condiciones contractuales, ingresos, riesgos, decisiones y circunstancias diferentes.
No todo deudor es pobre. No todo pobre está endeudado. No toda deuda demuestra pobreza. Y no toda imposibilidad de pagar es consecuencia de una irresponsabilidad.
Parece una obviedad. En la Argentina, no lo es.
Ahora que el endeudamiento de las familias comienza a ocupar el debate público, sería saludable hacernos una pregunta antes de que oficialismo y oposición terminen de construir sus respectivos relatos:
¿Para qué se están endeudando los argentinos?
Si una cantidad creciente de familias utiliza la tarjeta o un préstamo para comprar alimentos, pagar la luz o sostener gastos indispensables, tenemos delante una alarma social que ningún gobierno debería minimizar.
Si otra parte tomó créditos porque apareció mayor oferta de financiamiento y terminó comprometiendo ingresos que no podía comprometer, tenemos un problema diferente: sobreendeudamiento, evaluación crediticia y una enorme carencia de educación financiera.
Y probablemente estén ocurriendo ambas cosas al mismo tiempo.
Eso es justamente lo que la política debería ayudarnos a comprender.
Sin embargo, existe una tentación mucho más rentable: sumar todos los casos, llamarlos “víctimas del modelo” y salir en defensa de “los endeudados”.
Ya ocurrió otras veces.
Y allí la compasión puede convertirse en un formidable pelotazo en contra.
Porque cuando una sociedad elimina sistemáticamente la responsabilidad individual para proteger a las personas de las consecuencias de sus decisiones, no las dignifica: las infantiliza.
Ayudar a quien cayó es una obligación moral de cualquier comunidad decente. Construir condiciones para que pueda levantarse también.
Pero una sociedad de ciudadanos libres necesita algo más incómodo: aceptar que podemos acertar y equivocarnos; que algunas veces seremos víctimas de circunstancias que no controlamos y otras tendremos que hacernos cargo de decisiones que nosotros mismos tomamos.
La pobreza requiere solidaridad. El abuso requiere protección. Las emergencias requieren asistencia.
Y los errores requieren aprendizaje.
Confundir deliberadamente esas cuatro cosas puede dar votos.
Lo que difícilmente produzca es una sociedad más libre.
CB para Frecuencia VyP

