Ordenar el placard – 24/3/2026

Una pequeña historia en un marco demasiado grande

Hay momentos en los que una sociedad necesita hacer algo más que recordar.

Necesita ordenar.

No se trata de volver a abrir todas las heridas, ni de clausurarlas en nombre de una supuesta reconciliación. Tampoco de repetir, una vez más, las mismas palabras hasta vaciarlas de sentido.

Ordenar es otra cosa.

Es animarse a revisar lo que se guardó durante años.

Lo que se dijo a medias.

Lo que se eligió no mirar.

Como en cualquier placard, no todo está a la vista. Hay capas. Objetos que quedaron al fondo. Otros que se acomodaron adelante con el tiempo, no siempre por su importancia, sino por su utilidad.

La memoria colectiva también funciona así.

Hay relatos que se consolidan. Que se vuelven dominantes. Que organizan la comprensión de una época. Y hay otros que quedan relegados, no necesariamente por falsos, sino por incómodos.

Ordenar implica, en primer lugar, reconocer esa selección.

Y después, hacer un esfuerzo por ampliarla.

No para diluir responsabilidades —que existen y deben seguir siendo señaladas—, sino para evitar que la comprensión del pasado quede reducida a una sola forma posible de narrarlo.

Porque cuando eso ocurre, la memoria corre el riesgo de convertirse en ritual.

Y los rituales, cuando se repiten sin reflexión, tranquilizan… pero no necesariamente enseñan.

A casi medio siglo del Golpe de Estado en Argentina de 1976, la Argentina ha construido consensos importantes. Ha juzgado, ha discutido, ha recordado.

Pero tal vez todavía tenga pendiente una tarea más silenciosa.

Más exigente.

Ordenar lo vivido sin simplificarlo.

Reconocer lo esencial sin dejar de lado lo complejo.

Evitar tanto el olvido como la comodidad de las versiones cerradas.

No es un trabajo inmediato.

Ni cómodo.

Ni exento de tensiones.

Pero es, quizás, una forma de madurez.

No la que se proclama, sino la que se ejerce.

Porque hay etapas en las que una sociedad necesita denunciar.

Otras, en las que necesita justicia.

Y otras —menos visibles, pero igual de necesarias— en las que necesita comprender.

Ordenar el placard no cambia lo que ocurrió.

Pero puede cambiar la manera en que una comunidad se vincula con su propia historia.

Y, sobre todo, con su futuro.

El miedo como paisaje

Hubo un tiempo en la Argentina en que el poder no era una abstracción. Tenía uniforme. Entraba a las casas.

No hacía falta que ocurriera nada extraordinario para percibirlo. Bastaba una despedida en un living cualquiera. Dos hombres de pie, vestidos de fajina, hablando en voz baja. Una mujer que no intervenía en la conversación, pero la entendía mejor que nadie. Y el silencio, ese elemento tan argentino, que no era ausencia de palabras sino una forma de decirlas sin pronunciarlas.

En esos años, el país no estaba todavía sumido en el abismo que después lo definiría ante el mundo. Pero algo ya se había desplazado de lugar.

Las Fuerzas Armadas, que durante décadas habían oscilado entre la intervención y el repliegue, empezaban a discutir …

Irse

Irse no siempre es una decisión. A veces es una orden que llega sin papeles.

En aquellos años, las palabras también estaban vigiladas. Los teléfonos repetían conversaciones que nadie había pedido escuchar. Por eso, cuando había algo importante que decir, se decía en persona.

 Y rápido.

Una tarde, alguien golpeó la puerta. No era una visita cualquiera. Era de la familia. De esas presencias que no necesitan anunciarse para ser entendidas.

No hubo rodeos.

Había que salir del país.

No en unos días. No cuando fuera conveniente. Ya.

Las razones no se explicaban en detalle. No hacía falta. Alcanzaba con una frase seca, de esas que no admiten réplica. Una advertencia que, en ese tiempo, tenía un significado preciso y aterrador.

A los 19 años, uno todavía cree qu…

El cruce

Hay momentos en los que el mundo se reduce a lo inmediato.

No hay pasado. No hay futuro. Sólo el próximo movimiento.

Un auto, por ejemplo. Un recorrido que no admite errores. La noche —o el día, da igual— convertida en un territorio donde cada detalle cuenta.

En situaciones así, los cuerpos aprenden rápido. A callar. A no preguntar. A ocupar menos espacio del que realmente tienen.

Viajar deja de ser trasladarse. Se convierte en atravesar.

Las rutas, que en otros tiempos eran apenas caminos, empiezan a tener otro espesor. Cada control posible, cada desvío, cada detención imaginada se vuelve parte de una coreografía silenciosa.

No se habla de miedo. Pero está.

Se organiza todo en función de eso.

En la Argentina de aquellos años —y en buena parte de la…

Del otro lado

Irse no siempre termina cuando se cruza una frontera.

A veces, ahí empieza otra forma de incertidumbre.

Había destinos posibles. Algunos más lógicos que otros. Lugares conocidos, incluso familiares, donde la vida podía recomponerse con cierta rapidez. Pero no todas las decisiones se toman con la razón.

A veces interviene otra cosa. Una certeza difícil de explicar, pero imposible de ignorar.

Había un país que ofrecía continuidad. Lengua cercana, años vividos, afectos construidos. Un lugar donde quedarse no hubiera sido extraño.

Y sin embargo, no.

Porque había también una intuición —casi física— de que ese destino no era tránsito, sino final. Que desde allí no habría regreso. Que aceptar esa opción era, de algún modo, clausurar una etapa para siempre

En suspenso

Hay una forma del tiempo que no figura en los calendarios.

No avanza. No retrocede. Se detiene.

Es el tiempo de la espera.

Después del movimiento urgente —salir, cruzar, llegar— viene otra etapa menos visible, pero igual de decisiva. Una en la que ya no hay decisiones inmediatas que tomar, pero tampoco certezas a las que aferrarse.

La vida, de pronto, queda en suspenso.

No es todavía una nueva vida. Pero tampoco es la anterior.

Los días se organizan de otra manera. Sin rutinas claras, sin horizontes definidos. Las conversaciones giran en torno a posibilidades: quedarse, seguir, volver. Ninguna termina de imponerse.

Todo es provisorio.

Los lugares también.

Casas que no son propias, pero que alojan. Habitaciones que se ocupan sin apropiarse. Espacios compartidos con otros que están en situaciones similares, cada uno con su historia, pero con una misma condición de fondo: estar de paso.

En esos contextos, la identidad también se vuelve difusa.

Uno deja de ser del todo de un lugar, sin haber empezado a ser de otro. Y en ese intermedio, aparecen preguntas que en la vida “normal” no suelen hacerse.

¿Dónde empieza realmente una pertenencia?

¿En el lugar donde se nace, en el que se elige, o en el que se puede permanecer?

Mientras tanto, el mundo sigue.

Las noticias llegan fragmentadas. Lo que ocurre en la Argentina se sabe a medias, filtrado, muchas veces distorsionado. Pero alcanza para entender que el regreso no es una opción inmediata.

El Golpe de Estado en Argentina de 1976 ya no es una amenaza en construcción.

Es un hecho.

Y con él, se instala algo más profundo que el cambio de gobierno: una lógica que ordena la vida —y la muerte— desde el miedo.

Desde afuera, esa transformación se percibe con una mezcla de distancia y cercanía. Distancia física. Cercanía emocional.

Porque irse no resuelve el vínculo con lo que queda.

Lo transforma.

Se vive con una parte del cuerpo en otro lado. Atenta. Expectante. A veces paralizada.

Y en esa tensión, el tiempo adquiere otra densidad.

No se mide en días, ni en meses.

Se mide en noticias. En rumores. En decisiones que otros toman.

Hasta que, en algún momento —no siempre claro, no siempre consciente— aparece una idea nueva.

La de que la espera no puede ser indefinida.

Que incluso en condiciones inciertas, hay que empezar a reconstruir algo parecido a una vida.

Aunque sea provisoria.

Aunque no se sepa todavía dónde.

Lo que no se decía

Hay aprendizajes que no se enseñan.

Se incorporan.

En ciertos contextos, hablar deja de ser un acto natural. Se vuelve una práctica que requiere cálculo. Medición. Prudencia.

No se trata sólo de lo que puede decirse, sino de cuándo, dónde y ante quién.

Esa forma de cuidado —que al principio parece transitoria— termina instalándose como hábito.

Y lo más inquietante es que no desaparece automáticamente cuando cambian las circunstancias.

Se queda.

En la Argentina de aquellos años, el silencio no era simplemente ausencia de palabras. Era una forma de protección. Una estrategia compartida, aunque no siempre explícita.

Se hablaba en voz baja.

Se evitaban ciertos temas.

Se cambiaba de conversación con rapidez.

Pero también había otro silencio, más difícil de registrar.

El de las preguntas que no se hacían.

Porque preguntar podía implicar saber.

Y saber, en determinados casos, podía ser peligroso.

Esa lógica no terminaba en las fronteras.

Aun lejos, seguía operando.

Las noticias que llegaban desde el país eran fragmentarias. Muchas veces contradictorias. Pero incluso frente a esa incertidumbre, no todo se comentaba. No todo se analizaba en voz alta.

Había una economía del lenguaje.

Un uso medido de las palabras, como si cada una tuviera un peso específico que pudiera inclinar la balanza en una dirección no deseada.

Con el tiempo, ese modo de comunicarse dejaba de ser consciente.

Se naturalizaba.

Se volvía parte de la forma de estar en el mundo.

Y ahí aparece una de las marcas más persistentes de esa época:

no sólo lo que se vivió, sino lo que se aprendió a callar.

Años después, con la recuperación democrática —el Retorno a la democracia en Argentina en 1983—, la palabra volvió a ocupar el centro de la escena.

Se habló mucho. Se dijo mucho.

Y era necesario.

Pero no todo lo que había sido silenciado encontró inmediatamente su lugar.

Algunas cosas tardaron más.

Otras nunca terminaron de decirse del todo.

Porque el silencio, cuando se vuelve costumbre, no se desarma sólo con la posibilidad de hablar.

Requiere algo más.

Tiempo.

Confianza.

Y, sobre todo, la decisión de revisar aquello que durante años pareció más seguro dejar en la penumbra.

Memoria y uso

Con la recuperación democrática, la palabra volvió.

Y era necesario que volviera.

Después de años en los que hablar podía ser peligroso, el espacio público se llenó de relatos, testimonios, denuncias. La sociedad argentina empezó a reconstruir, como pudo, lo que había ocurrido durante el Golpe de Estado en Argentina de 1976 y los años que siguieron.

Ese proceso tuvo un punto de inflexión con el Juicio a las Juntas de 1985, que estableció un precedente inédito: por primera vez, los responsables del poder de facto eran juzgados en un marco institucional.

Fue un momento fundacional.

Pero como todo proceso social amplio, la construcción de memoria no fue lineal. Ni homogénea.

A medida que el tiempo pasaba, el relato sobre aquellos años empezó a ordenarse. A simplificarse. A volverse, en algunos casos, más funcional que reflexivo.

Se establecieron categorías claras: víctimas, victimarios.

Y aunque esas categorías responden a hechos reales, su uso indiscriminado a veces dejó fuera zonas más incómodas.

Las ambigüedades.

Los matices.

Las conductas grises.

Hubo quienes hablaron desde el dolor genuino.

Y hubo quienes encontraron, en ese mismo terreno, una forma de posicionamiento.

No siempre fue fácil distinguir unos de otros.

La memoria, entonces, dejó de ser sólo un ejercicio de reconstrucción para convertirse también en un espacio de disputa.

Qué se recuerda.

Cómo se recuerda.

Para qué se recuerda.

En ese punto, aparece una tensión que todavía persiste:

la diferencia entre memoria como necesidad social y memoria como recurso.

Cuando la memoria se vuelve recurso, corre el riesgo de cristalizarse. De repetirse sin revisarse. De convertirse en una narrativa cerrada, más preocupada por sostenerse que por interrogarse.

Y sin embargo, la historia —como la experiencia— rara vez es tan ordenada.

Reducirla a esquemas simples puede ofrecer claridad, pero también empobrece la comprensión.

Porque deja afuera algo fundamental:

que en aquellos años, además de las responsabilidades ineludibles que la justicia y la historia deben señalar, hubo una sociedad atravesada por el miedo, por la confusión, por decisiones tomadas en condiciones extremas.

Reconocer esa complejidad no implica relativizar.

Implica entender.

Y entender, en este caso, no es un ejercicio intelectual.

Es una forma de evitar que el pasado se convierta en una herramienta cómoda para el presente.

A más de cuatro décadas del Retorno a la democracia en Argentina en 1983, la Argentina sigue hablando de aquellos años.

Tal vez el desafío ya no sea sólo hablar.

Sino hacerlo de un modo que no reduzca, que no simplifique en exceso, que no utilice lo ocurrido como un atajo.

Sino como una pregunta abierta.

Incómoda, sí.

Pero necesaria

Para Frecuencia VyP

CB