La Argentina ya no tiene quince años

Los argentinos hemos dejado de ser aquella quinceañera enamoradiza que creía en las promesas de amor eterno. Nos parecemos más a una cincuentona que ya atravesó varios matrimonios, algunas desilusiones y aprendió a distinguir entre las buenas intenciones y las cuentas que hay que pagar.

No hemos perdido la capacidad de ilusionarnos. Simplemente, nuestras expectativas son más modestas. Queremos llegar a fin de mes, cambiar la heladera cuando se rompe, ir alguna vez a la peluquería y, si las cosas marchan razonablemente bien, pasar una semana en Calamuchita. Tampoco estamos pidiendo París.

Es posible que buena parte de la sociedad comprenda que ordenar una economía deteriorada lleva tiempo, que no existen soluciones indoloras y que regresar a las viejas recetas tampoco garantiza nada. Pero comprender no significa resignarse.

La paciencia y la resignación son cosas muy diferentes. La primera conserva la esperanza; la segunda supone una entrega. Podemos resignarnos ante una enfermedad incurable, pero no frente a problemas que quienes gobiernan aseguraron que podían resolver.

Milei llegó al poder prometiendo una transformación profunda. Su discurso, contundente y por momentos estridente, despertó enormes expectativas. Hoy, cuando los resultados económicos están lejos de aquellas ilusiones, el Gobierno enfrenta también las consecuencias de sus propias palabras.

Porque el tiempo de la economía y el tiempo de las personas no son iguales. Una inversión puede necesitar cinco o diez años para madurar, pero nuestras vidas transcurren mientras tanto.

No queremos regresar al pasado ni estamos condenados a repetir eternamente nuestros fracasos. Pero tampoco podemos convertir el sacrificio en un proyecto de vida.

A esta altura, el camino empieza a parecerse a una Larga Marcha. La ironía de encontrar a un presidente libertario conduciendo una marcha maoísta no deja de tener su gracia.

Solo que nuestra cincuentona no quiere hacer ninguna revolución. Quiere trabajar, vivir tranquila y disfrutar de lo que gana.

Y, de ser posible, conocer Calamuchita antes de cumplir ochenta años.

CB para Frecuencia VyP