Argentina, un país a la intemperie

«En la Argentina nuestro horizonte es pasado mañana. Más allá de eso, sabemos que todo puede desmoronarse»

Hemos convertido el calendario electoral en un calendario económico. Y eso tiene consecuencias enormes.

En la Argentina, cada cuatro años tenemos dos años y medio para trabajar, invertir, proyectar y hacer. Después comienza la espera. Falta un año para las elecciones y aparece la pregunta de siempre: ¿qué pasará después?

Entonces se postergan inversiones, se suspenden decisiones, se compran dólares y muchos proyectos quedan a la espera de conocer el resultado electoral.

Nuestro horizonte es pasado mañana. Más allá de eso, sabemos, con precisión de laboratorio, que todo puede desmoronarse.

Y así llevamos décadas, aprendiendo a vivir a la intemperie, desarrollando una extraordinaria capacidad para adaptarnos a las crisis, pero perdiendo oportunidades que quizás nunca regresen.

Lo más curioso es que tampoco las elecciones garantizan que termine la incertidumbre. Gane quien gane, habrá dificultades, decisiones pendientes y problemas por resolver.

Mientras tanto, aparece la nostalgia. Recordamos épocas en las que vivíamos mejor, aunque no necesariamente queramos regresar a los gobiernos de entonces. Y volvemos a depositar en la próxima elección la esperanza de recuperar lo perdido.

Una suerte de eterno retorno argentino.

Pero hay algo que deberíamos comprender: las elecciones deciden quién gobierna, no garantizan la prosperidad.

Una democracia necesita elecciones periódicas. Una economía necesita horizontes que vayan mucho más allá de ellas.

Quizás sea hora de dejar de vivir pendientes de lo que pueda ocurrir dentro de un año y ocuparnos también de lo que podemos construir hoy.

Porque el costo más doloroso de nuestra incertidumbre no es solamente lo que perdemos en cada crisis.

Es todo lo que dejamos de hacer por miedo a la próxima.

CB para Frecuencia VyP