Cuando los vecinos construían el barrio

Una mirada sobre aquella Argentina que crecía de la mano de sus habitantes y sobre lo que todavía podemos aprender de ella.

Mis abuelos paternos eran hijos de italianos. Vivieron en La Pampa y, como tantas familias de aquella Argentina, terminaron instalándose en el Gran Buenos Aires. Construyeron su casa en Villa Ballester, en un barrio que todavía estaba haciéndose.

Yo era muy pequeña, pero conservo una imagen que los años fueron convirtiendo en algo extraordinario: mis abuelos y sus vecinos construyendo la iglesia del barrio.

Durante mucho tiempo no pensé demasiado en aquello. Era simplemente una escena de mi infancia. Hoy comprendo que estaba viendo una de las grandes transformaciones de la Argentina del siglo XX: miles de familias que, mientras construían sus propias vidas, levantaban buena parte de las ciudades que conocemos.

Aquellos barrios no aparecieron de un día para otro. Fueron creciendo con el trabajo de familias, muchas de ellas inmigrantes o descendientes de inmigrantes, que compraban un terreno, levantaban una casa, la ampliaban cuando podían y participaban en la construcción de instituciones comunitarias. Así fueron naciendo iglesias, clubes, sociedades de fomento, comercios y espacios de encuentro.

No era una Argentina sin Estado. Había políticas de transporte, empleo, crédito e infraestructura que contribuían a hacer posible aquel crecimiento. Tampoco era una sociedad sin dificultades. Pero existía una combinación formidable de esfuerzo individual, cooperación vecinal y confianza en el porvenir.

Las personas no eran solamente destinatarias del progreso. Eran sus protagonistas.

Hace poco, una reflexión de Horacio Massaccesi me devolvió a aquella imagen de mi infancia. Frente a un acto de entrega de unas pocas viviendas, recordó con nostalgia los tiempos en que, como gobernador de Río Negro, entregaba barrios de enormes dimensiones.

Y pensé en lo que significaba aquello para la Patagonia. Construir cientos o miles de viviendas no era solamente atender una necesidad habitacional. Era consolidar ciudades, incorporar población, ampliar servicios, generar actividad económica y darle forma a una provincia que todavía estaba creciendo.

Pero también me pregunté si, en algún momento, no fuimos modificando nuestra manera de entender el desarrollo.

Pasamos de una sociedad en la que numerosas familias participaban directamente en la construcción de sus barrios a otra en la que el Estado asumió responsabilidades cada vez mayores en la provisión de viviendas y servicios. Ese proceso respondió a necesidades reales y permitió que muchísimas personas accedieran a condiciones de vida que difícilmente habrían alcanzado por sus propios medios.

Sin embargo, merece una reflexión: ¿hemos conseguido que esa creciente intervención pública fortalezca también la capacidad de iniciativa, organización y autonomía de las personas?

No se trata de regresar a los años cincuenta ni de suponer que las condiciones actuales permiten reproducir aquellas experiencias. Mucho menos de abandonar a los sectores más vulnerables. El Estado es una construcción colectiva y tiene responsabilidades indelegables, especialmente con quienes más necesitan de su protección.

Se trata de preguntarnos si no podemos concebir una forma diferente de gestionar sus recursos.

Un Estado que no solamente construya viviendas, sino que también enseñe a construirlas. Que facilite el acceso a la tierra y a los servicios, que promueva oficios, cooperativas y emprendimientos. Que acompañe a las familias para que puedan desarrollar capacidades propias. Que convierta, siempre que sea posible, la asistencia en una oportunidad de progreso.

Quizás una política pública no debería medirse únicamente por la cantidad de recursos que distribuye o de obras que inaugura, sino también por las capacidades que deja instaladas en la sociedad.

Y eso vale para la vivienda, pero también para la educación, el trabajo, la producción y tantas otras actividades.

La Argentina de mis abuelos ya no existe. Y no tendría sentido pretender recuperarla. El mundo cambió, las necesidades son otras y las sociedades también.

Pero hay algo de aquella experiencia que todavía puede ayudarnos a pensar el futuro: la convicción de que el progreso no es solamente algo que se recibe, sino también algo que se construye.

Vuelvo entonces a aquella imagen de Villa Ballester. Un grupo de vecinos levantando una iglesia, sumando esfuerzos para crear algo que ninguno habría podido hacer de la misma manera por separado.

No estaban desarrollando una teoría sobre el Estado ni discutiendo modelos de gestión. Estaban haciendo lo que creían necesario para mejorar el lugar donde vivían.

Y, sin saberlo, estaban construyendo mucho más que un edificio.

Quizás uno de los desafíos de la Argentina actual sea recuperar esa capacidad de construir entre todos, con un Estado que no sustituya innecesariamente a la sociedad, sino que la ayude a desplegar todo lo que es capaz de hacer.

Porque el verdadero progreso no debería medirse solamente por lo que un gobierno consigue entregar, sino también por lo que una sociedad aprende a hacer por sí misma.

CB para Frecuencia VyP