No es suerte
Hay lugares donde los cambios se anuncian con titulares, encuestas y conferencias de prensa. Y hay otros donde el cambio se percibe primero en el paisaje. En las rutas que empiezan a tener más tránsito pesado, en los campos que vuelven a producir, en los jóvenes que ya no miran únicamente hacia las grandes ciudades para imaginar su futuro.
Quienes vivimos en Río Negro desde hace décadas tendemos, naturalmente, a mirar el país desde aquí. Es humano. Después de tantos años, uno termina midiendo la realidad nacional con la vara de lo que ve todos los días. Y quizás por eso a veces olvidamos dos cosas al mismo tiempo: que Viedma es apenas una capital provincial dentro de un país inmenso, pero también que ese pequeño punto en el mapa puede tener un papel mucho más relevante de lo que solemos admitir.
El Valle Inferior es un buen ejemplo. Durante años fue observado casi con distracción por buena parte del país. Sin embargo hoy, con una ganadería cada vez más tecnificada y con desarrollos agrícolas que incorporan conocimiento universitario, empieza a mostrar algo que en Argentina no siempre abunda: planificación productiva de largo plazo.
Mientras tanto, el país atraviesa un cambio económico profundo. El método elegido por el gobierno de Javier Milei para intentar revertir décadas de desorden fiscal —y de irresponsabilidad política, digámoslo sin rodeos— tiene costos visibles. En los grandes centros urbanos ese proceso se vive, sobre todo, como un ajuste. Comercios que venden menos, salarios que todavía corren detrás de los precios, incertidumbre cotidiana.
Pero en territorios como la Patagonia, y particularmente en Río Negro, el movimiento que se está produciendo parece de otra naturaleza.
El gas, el petróleo y la minería están empujando una nueva etapa. La expansión de Vaca Muerta no sólo impacta en Neuquén; está reordenando toda la economía regional. Infraestructura, servicios, logística, puertos, empleo calificado. Son transformaciones que no siempre aparecen en los debates televisivos de Buenos Aires, pero que aquí se sienten con claridad.
Argentina está cambiando. Y Río Negro también.
Ahora bien: estamos en un año electoral. Y la política argentina tiene una larga tradición de arruinar, por mezquindad o cortoplacismo, los procesos que recién comienzan a consolidarse.
¿Qué podría beneficiarnos?
Primero, algo bastante elemental: estabilidad institucional. Reglas claras para la inversión energética y minera, seguridad jurídica y una dirigencia provincial capaz de comprender que estas oportunidades no son eternas. La historia argentina está llena de ciclos que se desperdiciaron por improvisación.
Segundo: infraestructura. Puertos, rutas, energía, planificación territorial. Sin eso, cualquier boom productivo termina chocando contra sus propios límites.
Y tercero, formación. Si la riqueza energética no se acompaña con educación técnica y universitaria en la región, los empleos más calificados se irán a otros lugares y aquí quedará apenas el impacto superficial de la actividad.
¿Y qué podría hacernos retroceder?
La tentación populista de siempre: creer que una riqueza que recién comienza puede repartirse antes de ser consolidada. O peor todavía, volver a la lógica de la política como sistema de distribución de favores y no como herramienta de construcción institucional.
Río Negro tiene por delante una oportunidad histórica. Pero las oportunidades, como enseña la historia argentina, no garantizan nada por sí solas.
Requieren una ciudadanía atenta, una dirigencia menos improvisada y, sobre todo, una comprensión madura del momento.
Porque tal vez el cambio más importante no sea económico.
Tal vez sea cultural.
Entender, de una vez por todas, que el desarrollo no es un golpe de suerte. Es una decisión sostenida en el tiempo.
FrecuenciaVyP

