Corrupción, un delito que ya no escandaliza
La corrupción en Argentina no es una novedad ni una sorpresa. Es el paisaje. Levantás una maceta y están. En todos los gobiernos, en todas las épocas, en todas las fuerzas políticas. Del menemismo al kirchnerismo, de la Alianza a La Libertad Avanza. El escándalo dura un par de días y se convierte en chisme. Nadie se va preso demasiado tiempo. Nadie queda marginado de verdad. La vida sigue.
Pero hoy quiero proponer una mirada diferente. No moral. Utilitaria.
La corrupción es un mal negocio. Incluso para el que corrompe.
Un Estado transparente y eficiente genera más riqueza para todos — incluyendo a los que hoy roban.
Los países que lograron reducir la corrupción sistemáticamente no lo hicieron porque sus ciudadanos se volvieron más virtuosos. Lo hicieron porque en algún momento las élites entendieron que les convenía más un sistema que funciona que uno que se saquea.
En Argentina pasa lo contrario. El Estado fue históricamente el mejor negocio privado disponible. Paga siempre, aunque demore. No quiebra. No despide. Y si llegás a administrarlo, la oportunidad es demasiado tentadora para desperdiciarla.
El resultado es un país que lleva décadas robándose a sí mismo. Que exporta recursos extraordinarios y no puede sostener hospitales. Que tiene una de las tierras más fértiles del mundo y no puede garantizar agua potable en muchos municipios. Que cada generación estrena una nueva “esperanza de redención” y la ve pudrirse en el mismo barro.
La corrupción no es solo un problema moral. Es una condena económica. Es elegir el pedazo de queso hoy en lugar de la despensa llena mañana.
Son lauchas hasta para robar.
Y lo más grave no es que existan corruptos — existen en todas partes. Lo más grave es que acá ya nadie se escandaliza demasiado. La corrupción está legitimada. Es “el camino”. El que no la entiende es un ingenuo.
Eso es lo que hay que discutir. No el caso del día. Sino por qué seguimos eligiendo el pedazo de queso.
C Beltramino

