Narrativa
En un clima nacional atravesado por un malestar persistente —hecho de incertidumbres económicas, tensiones simbólicas y episodios comunicacionales que erosionan credibilidad— la política vuelve a exhibir una vieja dificultad: cómo sostener un relato consistente cuando la experiencia cotidiana de la sociedad va en otra dirección.
Las señales son múltiples. Desde gestos percibidos como “avivadas” en la comunicación oficial hasta cuestiones más concretas —el ajuste que se siente en el bolsillo o demoras tan sensibles como las vacunas antigripales— configuran un escenario donde la expectativa inicial cede terreno a una evaluación más exigente. La macro puede ordenar, pero la micro sigue desordenando el humor social.
En ese contexto, el gobierno provincial intenta afirmar una narrativa apoyada en activos estratégicos de peso: los ductos para exportación de gas y la consolidación de un esquema energético integrado con Neuquén. Son, sin duda, proyectos estructurales, de esos que no abundan y que prometen alterar el perfil productivo de la región en el mediano plazo. Pero incluso las buenas noticias tienen un límite: su capacidad de irradiar optimismo no es infinita cuando la urgencia cotidiana aprieta.
La dificultad radica en la asincronía. Las grandes obras hablan en futuro; la sociedad, en cambio, vota en presente. Y en ese presente, la inflación persistente y el incremento sostenido de tarifas funcionan como fuerzas que desdibujan cualquier promesa, por más sólida que sea en términos técnicos.
Para la gestión de Alberto Weretilneck, el desafío es doble.
Por un lado, sostener la expectativa sobre esos vectores de desarrollo que efectivamente pueden redefinir a Río Negro.
Por otro, construir una comunicación política que no se limite a la estética de la gestión —la foto prolija, el funcionario sonriente, la escena cuidadosamente producida— sino que logre interpelar una sensibilidad social más áspera, menos tolerante al artificio.
Porque si algo dejó la última elección es una advertencia silenciosa pero contundente: la lealtad territorial ya no es un dato asegurado.
Intendentes que acompañan hoy pueden recalcular mañana si perciben que el clima cambia.
La política, en ese sentido, vuelve a su estado más clásico: pragmática, volátil y atenta al pulso real más que al relato.
Mejorar “las fotos” no es, entonces, una cuestión de encuadre ni de tecnología —aunque nunca falten iPhones de última generación— sino de contenido. De lograr que la imagen represente algo más que una escena: que condense una dirección clara, una empatía verificable y, sobre todo, una respuesta concreta a las tensiones que atraviesan a la sociedad.
En tiempos de escepticismo, la comunicación que no se ancla en la realidad corre el riesgo de transformarse en ruido. Y el ruido, en política, rara vez construye futuro
FrecuenciaVyP

