“La Argentina que cambia también llegó a Moyano”
Hay noticias que, vistas aisladas, parecen apenas un problema gremial. Pero, miradas con algo de perspectiva, muestran cambios mucho más profundos en la Argentina.
El caso Moyano quizás sea uno de esos ejemplos.
Durante años, hablar de Hugo Moyano era hablar de poder. Poder sindical, político, económico y hasta cultural. El gremio de Camioneros no era solamente un sindicato fuerte: era casi un símbolo de una época del país. Sueldos altos, capacidad de paralizar la economía, cercanía absoluta con el poder político y una estructura gigantesca de sanatorios, hoteles, mutuales y negocios vinculados.
Tan estrecha fue la relación con Néstor Kirchner, que Moyano estuvo al lado del entonces ex presidente incluso en sus últimas horas, cuando murió en El Calafate en 2010. Aquella imagen resumía una etapa: el sindicalismo como columna vertebral del kirchnerismo naciente.
Y sin embargo, hoy aparecen noticias sobre problemas en la obra social de Camioneros, afiliados que no consiguen medicamentos, deudas con prestadores y un gremio obligado incluso a desprenderse de bienes para conseguir liquidez.
Más allá de las responsabilidades que puedan discutirse —mala administración, costos crecientes del sistema de salud o posibles manejos poco transparentes—, lo interesante es el símbolo del cambio.
Porque hubo un tiempo en que parecía imposible imaginar a Moyano incómodo dentro de su propio imperio. Un imperio además profundamente familiar: hijos, esposa, ex vínculos y distintos sectores del clan repartidos en la estructura sindical, empresarial y política.
La magnitud de ese poder llegó a tal punto que un desprendimiento de ese universo, a través de Claudio “Chiqui” Tapia —ex yerno de Moyano— terminó conduciendo nada menos que la AFA.
Por eso quizás el dato más relevante no sea solamente la crisis de una obra social. Tal vez el dato sea otro: incluso estructuras que parecían eternas empiezan a mostrar desgaste en una Argentina que está cambiando de paradigma político, económico y social.
Y eso obliga a mirar algo incómodo pero real: en la Argentina, ningún poder parece completamente invulnerable para siempre.

