El caso Agostina. Todos los casos Agostina

Tendemos a discutir si el problema es el capitalismo o el socialismo, la izquierda o la derecha, el Estado o el mercado, las leyes o los jueces. Pero una y otra vez terminamos chocando con el mismo límite: ninguna organización social funciona mejor que las personas que la habitan.


La democracia, por ejemplo, probablemente sea el menos malo de los sistemas conocidos para administrar sociedades complejas.

Pero la democracia no fabrica ciudadanos virtuosos. Necesita que existan previamente. Lo mismo ocurre con la justicia, la prensa, la escuela, la familia o los partidos políticos.


Por eso me parece interesante tu reflexión sobre la ética.


La educación es indispensable, pero no suficiente. Uno puede enseñar matemáticas, historia o derecho. Más difícil es enseñar la decisión cotidiana de actuar correctamente cuando nadie mira.


Y ahí aparece una verdad incómoda: la conducta ética muchas veces no ofrece recompensas inmediatas.
El periodista que verifica antes de publicar suele llegar después que el que exagera.


El político que dice la verdad incómoda suele tener menos aplausos que el que promete imposibles.
El empresario honesto suele enfrentar costos que el inescrupuloso evita.


El ciudadano que cumple las normas suele sentir que hace sacrificios que otros no hacen.


Por eso la ética no es simplemente un conocimiento. Es una elección.


Y las elecciones éticas tienen algo paradójico: casi nunca garantizan éxito, riqueza o reconocimiento. Lo único que garantizan es que uno pueda convivir consigo mismo.


Quizás por eso las civilizaciones siempre intentaron construir algo más que leyes. Intentaron construir costumbres. Hábitos. Tradiciones. Ejemplos. Referentes. Porque entendían que la ley puede castigar algunas conductas malas, pero no puede obligar a las personas a ser buenas.


Frente a un caso como el que mencionás, es natural preguntarse si puede hacerse algo para evitar que vuelva a ocurrir.
La respuesta más honesta probablemente sea: no completamente.


No existe una sociedad sin crimen, sin abuso, sin corrupción ni sin miseria moral. No la hubo nunca.


La pregunta entonces cambia.


Ya no es cómo construir una sociedad perfecta, sino cómo construir una sociedad donde esas conductas sean menos frecuentes, menos toleradas y menos premiadas.


Y ahí sí vuelven a aparecer la educación, la familia, la cultura, la prensa, la política y la justicia.


No porque puedan eliminar el mal, sino porque pueden evitar que se vuelva normal.


Quizás esa sea una definición modesta, pero realista, del progreso humano: no erradicar para siempre nuestras peores tendencias, sino mantenerlas permanentemente a raya.


Y eso, como bien intuís, depende mucho menos de los sistemas que de las personas. De millones de decisiones pequeñas, invisibles y generalmente poco rentables que cada día alguien toma simplemente porque cree que es lo correcto.

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