Hoy es, para nosotros, el verdadero día después del Mundial

Hoy terminan las 72 horas de duelo. Los tres días reglamentarios de “cerrado por duelo”.

Ahora los jugadores están con sus familias. Messi volvió con todos los suyos a Rosario, inmortalizada finalmente por Fito Páez, y en cualquiera de nosotros resuena aquello de que “siempre estuvo cerca”. Volvió con todos los suyos a estar con los otros todos los suyos: los cercanos, los lejanos, los que son familia de sangre, familia de cercanía y nosotros, su gran familia.

Todos arrancamos de nuevo.

Y, a decir verdad, creo que es un ejercicio que reconocemos porque lo hemos repetido con regularidad. Capaz que, después de todo, de lo que realmente somos campeones es de caernos y levantarnos, y caernos de nuevo. De ser gente habituada a los tropezones. Entrenados en las caídas.

Quizás porque somos inestables. O porque esa es nuestra suerte.

Aunque intuyo que ni Leo, ni ningún jugador de la Selección, ni Scaloni, ni usted, ni yo, ninguno aceptaría, bajo ningún punto de vista, dejar de ser argentino.

Ahora ya es “el otro día”. Y, como solemos decir, a otra cosa, mariposa.

Todos arrancamos con lo nuestro. La vida vuelve, con sus más y sus menos, a correr como corría, y nosotros a vivir lo que vivíamos.

Nos reencontramos.

Y qué buen momento para cambiar algo pequeño para que, quizás, todo pueda cambiar. Un pequeño homenaje, tramposo, a Lampedusa.

Porque ya estamos en el después.

Y me sorprende que, en este acercamiento doméstico que se extiende de modo exponencial —el acercamiento a la inteligencia artificial que todos vamos asumiendo desde el celular—, las preguntas se multipliquen de una manera que hace apenas unos años hubiera parecido imposible.

“¿Qué tengo que comprar para el budín de zapallitos de este mediodía?”

“¿Es conveniente bañar al perrito de la familia en invierno?”

“¿Cómo conviene lavar la ropa para que no encoja?”

“¿Qué procesos políticos internacionales guardan alguna semejanza con el desafío rionegrino?”

Un abanico inalcanzable de inquietudes para las que, casi siempre, hay una respuesta disponible.

Y eso multiplica exponencialmente la demanda. También compromete a los gobiernos. Porque, si no se mantienen por delante de este proceso, corren el riesgo de terminar siendo cargados, finalmente, en el baúl.

Por eso creo que el Gobierno nacional debería abrir el debate.

Convocar a la docencia. A la comunidad educativa. A quienes saben y a quienes están aprendiendo.

Promover un gran debate nacional sobre la inteligencia artificial y la educación, un debate que también podría ser agilizado por la propia IA, que tendría entonces una participación paradójica pero extraordinariamente valiosa: ayudarnos a pensar cómo podemos ser mejores con este instrumento, con esta herramienta, con esta nueva compañía que ya forma parte de nuestra vida cotidiana.

Quizás así, de la mano de ese inseparable celular que llevamos a todas partes, podamos hacer que la inteligencia artificial sea mucho más que una máquina que responde.

Quizás podamos aprender a usarla para pensar mejor.

Y, sobre todo, para seguir levantándonos.

CB