Hoy juega la  Selección

Hay días en los que un partido de fútbol deja de ser simplemente un partido. Hoy es uno de esos días.

Una semifinal de un Mundial nunca es un acontecimiento menor. Es uno de esos momentos capaces de detener la rutina de un país entero. Aunque muchos no sigan el fútbol durante el resto del año, hoy casi nadie permanecerá indiferente.


Y eso tiene una explicación. En la Argentina, el fútbol es mucho más que un deporte.


Es, probablemente, la disciplina más popular y accesible del mundo. Solo hacen falta una pelota y un espacio. Si no hay césped, da igual. Si no hay arcos, se inventan con dos piedras. Así aprendieron generaciones enteras. Por eso resulta difícil imaginar a un chico argentino que, alguna vez, no haya soñado con ponerse la camiseta de la Selección. Y hoy también sucede con millones de chicas que encontraron en el fútbol un lugar propio.


Pero el fútbol tampoco se reduce a lo que ocurre dentro de una cancha. Es un vínculo social. Es el idioma compartido entre padres e hijos, entre amigos, entre vecinos. Es el tema que atraviesa la sobremesa, la oficina, la escuela y el trabajo. Las tribunas, los abrazos en el living, los gritos desde un bar o una vereda también forman parte del juego.


Para los argentinos, el fútbol expresa una manera de entender la vida: la ilusión de que el esfuerzo puede vencer a cualquier diferencia de poder.


Por eso el partido de hoy frente a Inglaterra tiene un significado especial. No porque el deporte deba cargar con el peso de la historia, sino porque la historia existe. De un lado aparece una potencia que durante siglos ayudó a ordenar el sistema internacional; del otro, un país periférico donde millones de chicos crecieron pateando una pelota como primer sueño posible.


Y, aunque no haga falta convertir el partido en una revancha política, es imposible que el nombre Malvinas no aparezca en la memoria colectiva. Aquellos jóvenes enviados a combatir en un invierno feroz siguen ocupando un lugar profundo en la conciencia nacional. El fútbol no reemplaza la historia, pero a veces la roza inevitablemente.


También hay otra razón por la que esta Selección conmueve. Sus jugadores transmiten cercanía. No parecen estrellas inalcanzables. Parecen los hijos, los hermanos, los primos o los vecinos de cualquiera. Esa identificación explica buena parte del cariño que despiertan.


Durante noventa minutos —o un poco más— el país parece recuperar algo que muchas veces cree perdido: la capacidad de sentirse parte de un mismo nosotros. Se suspenden, por un rato, las diferencias, las discusiones y las grietas.
Ojalá pudiéramos conservar algo de esa energía cuando termina el Mundial.


Porque, quizás, la mayor enseñanza de estas noches sea recordar que los argentinos solemos ser mejores de lo que creemos cuando dejamos de mirarnos como adversarios y volvemos a sentir que jugamos para el mismo lado.

¡Que la suerte nos acompañe!

Frecuencia VyP