El voto prestado: la pregunta que empieza a inquietar a Milei
Durante bastante tiempo miramos el fenómeno Milei poniendo el foco en los jóvenes. Y había buenas razones para hacerlo. El componente generacional de su irrupción política fue extraordinario: jóvenes sin memoria personal de buena parte de las crisis que organizaron durante décadas el voto argentino decidieron romper la herencia política recibida y explorar algo nuevo.
Pero esa explicación siempre fue incompleta.
Javier Milei obtuvo el 29,9% de los votos en la primera vuelta de 2023 y llegó al 55,7% en el balotaje. Entre una elección y otra incorporó más de seis millones de votos. Es decir: Milei no llegó a la Presidencia solamente de la mano de quienes eran libertarios, jóvenes o estaban fascinados con el personaje.
Llegó también —y de manera decisiva— gracias a un enorme voto prestado.
Allí hubo votantes de Juntos por el Cambio, independientes, sectores medios y profesionales, radicales desencantados y mucha gente que durante décadas probablemente se hubiera reconocido dentro de una tradición socialdemócrata o liberal moderada.
No se habían enamorado de Milei.
Lo contrataron para hacer un trabajo.
El permiso para probar otra cosa
Ese electorado venía de una experiencia bastante particular.
Primero había llegado a la conclusión de que el kirchnerismo no solamente estaba agotado electoralmente sino que su modelo económico resultaba inviable: inflación, déficit, deterioro institucional, una economía cada vez más intervenida y una cultura política construida alrededor de una confrontación permanente.
Después había atravesado la experiencia de Mauricio Macri.
Y probablemente allí ocurrió algo importante: una parte de la sociedad concluyó que las correcciones graduales tampoco habían alcanzado.
Se produjo entonces una suerte de permiso social para explorar una alternativa mucho más radical.
No necesariamente porque millones de argentinos hubieran leído a Hayek de repente ni porque hubiesen renunciado culturalmente a la socialdemocracia.
Tal vez ocurrió algo bastante más sencillo: suspendieron provisoriamente sus convicciones anteriores porque entendieron que el sistema ya no podía seguir funcionando como funcionaba.
“Probemos otra cosa.”
Esa frase explica bastante mejor una porción del 56% de Milei que cualquier conversión doctrinaria al libertarismo.
Tres Milei dentro de una misma boleta
Visto desde hoy, quizás en 2023 convivieron tres electorados diferentes.
Estaba el Milei identitario: quienes querían a Milei, compartían su concepción del Estado y hasta disfrutaban su carácter confrontativo.
Estaba el Milei generacional: jóvenes para quienes el nuevo presidente representaba la ruptura con un sistema heredado que sentían completamente ajeno.
Estaba el Milei instrumental
Ese último votante decía algo bastante diferente:
“No sé si me gusta este hombre. Pero quiero que haga lo que los demás no pudieron o no quisieron hacer”.
Ese electorado fue fundamental en el balotaje.
Y es precisamente allí donde hoy comienza a percibirse un fenómeno interesante.
El enojo no significa volver atrás
En conversaciones cotidianas empieza a aparecer algo difícil de encerrar en las categorías tradicionales.
Personas profundamente críticas del kirchnerismo, que votaron a Milei y que todavía consideran necesario buena parte del cambio económico iniciado en 2023, comienzan a transparentar cansancio, enojo y distancia respecto del Gobierno.
Pero atención: eso no significa necesariamente arrepentimiento.
Un votante puede sostener simultáneamente varias ideas:
Había que terminar con aquello.
Había que ordenar las cuentas públicas.
Había que bajar la inflación.
Había que revisar el tamaño y las funciones del Estado.
Y, al mismo tiempo, puede empezar a decir:
“Esto ya no me está gustando”.
Políticamente, esa posición puede resultar mucho más importante que el arrepentimiento.
Porque ese ciudadano no necesariamente quiere regresar al lugar del que salió.
Está buscando otro lugar.
¿Cuándo empieza la segunda parte?
Durante los primeros tiempos del Gobierno hubo una explicación poderosa para justificar el sacrificio.
“Estamos arreglando el desastre.”
Después apareció otra:
“Esto lleva tiempo.”
Ambas conservaron durante bastante tiempo una enorme capacidad política.
Pero todo proceso de estabilización llega inevitablemente a una instancia diferente. Una vez contenido el incendio, la sociedad empieza a mirar la casa.
Y pregunta cómo piensa reconstruirla.
La reducción de la inflación y el equilibrio fiscal constituyen activos centrales del Gobierno. Sería absurdo desconocerlos.
Pero la vida cotidiana empieza a introducir otras variables: empleo, salarios, actividad económica, empresas que necesitan crecer, familias que quieren recuperar previsibilidad y sectores productivos que esperan algo más que estabilidad.
Entonces aparece una pregunta distinta:
Muy bien. ¿Cuándo empieza la segunda parte?
Y esa puede convertirse en una de las preguntas centrales del próximo ciclo político argentino.
Porque gobernar una emergencia requiere determinadas herramientas. Gobernar una sociedad estabilizada requiere otras.
La motosierra puede servir para cortar.
Es bastante menos evidente que sirva para construir.
Milei obtuvo el 56%. El libertarismo, no
Tal vez uno de los mayores riesgos para el oficialismo sea confundir su extraordinaria victoria de 2023 con una conversión ideológica de la sociedad argentina.
Milei obtuvo el 55,7% de los votos.
El libertarismo no.
Millones de personas entregaron al Presidente un mandato mucho más específico: cambiar el rumbo económico, terminar con determinadas prácticas políticas y sacar al país de una decadencia que parecía interminable.
Ese mandato fue enorme.
Pero no necesariamente ilimitado.
Y menos todavía eterno.
La política argentina puede estar acercándose entonces a una discusión mucho más sofisticada que aquella vieja confrontación entre kirchnerismo y antikirchnerismo.
No se trataría ya de elegir entre regresar al modelo anterior o conservar sin modificaciones el actual.
Podría comenzar a aparecer una tercera demanda:
conservar aquello que funcionó del cambio y construir algo distinto sobre esa base.
Allí se abre un territorio electoral gigantesco.
El votante que llevó a Milei del 30 al 56
Quizás estuvimos mirando demasiado al joven que llevó a Milei hasta la primera vuelta y demasiado poco al adulto que lo llevó del 30 al 56%.
Ese segundo elector fue menos ruidoso.
No hizo de Milei una identidad.
No necesariamente participó de la batalla cultural.
Probablemente tampoco se considere libertario.
Simplemente decidió darle una oportunidad extraordinaria a alguien completamente ajeno al sistema político tradicional porque estaba convencido de que continuar por el mismo camino era peor.
Ahora empieza a hacer cuentas.
Y probablemente su pregunta para 2027 no sea si quiere regresar al pasado.
Será otra:
¿Quién puede garantizar que no volvamos atrás y, al mismo tiempo, conducir la etapa que viene?
Si esa pregunta comienza a extenderse, el principal desafío de Milei ya no será convencer a quienes nunca lo votaron.
Será mucho más difícil.
Tendrá que volver a convencer a quienes lo votaron sin enamorarse de él.
Porque los enamorados perdonan mucho.
Los que prestaron el voto, en cambio, algún día vienen a buscarlo.
CB para FrecuenciaVyP

