¿Y si por un momento miramos lo que hicimos?

Las noticias tienen una particularidad: casi siempre cuentan lo que salió mal.

Una guerra empieza un martes. Una empresa cierra un jueves. Una inundación ocurre durante la noche. Todo eso tiene fecha, imágenes y título.

El progreso, en cambio, sucede despacio.

No hubo un martes en el que América Latina dejó de ser la América Latina de los años 60. Ni un jueves en el que millones de indios ingresaron a una clase media que prácticamente no existía. Tampoco hubo una mañana en que África dejó de poder resumirse en aquellas imágenes terribles de los niños hambrientos de Biafra.

Simplemente fue ocurriendo.

Y quizás por eso no terminamos de verlo.

Los que tenemos algunas décadas encima nacimos en un mundo bastante sencillo de dibujar: un Norte rico y desarrollado y un Sur pobre y atrasado.

Ese mapa ya no alcanza.

India es una potencia. China protagoniza la economía mundial. América Latina tiene enormes problemas, pero Brasil, Chile, Perú, Paraguay o la propia Argentina son sociedades completamente diferentes de las que eran hace medio siglo. África sigue teniendo algunas de las mayores concentraciones de pobreza del planeta, pero también ciudades gigantescas, universidades, tecnología, empresas y clases medias que rara vez aparecen en nuestra vieja fotografía del continente.

Incluso está cambiando el mapa dentro de la Argentina.

Durante décadas pensamos al Noroeste como sinónimo de atraso y pobreza. Hoy la minería está transformando las economías de Jujuy, Salta y Catamarca.

Y nosotros mismos vivimos algo semejante.

Neuquén se convirtió en el corazón de una transformación energética gigantesca. Río Negro empieza a llenarse de palabras que hace veinte años difícilmente hubiéramos asociado con nuestro futuro: oleoductos, GNL, minería, puertos de exportación, nuevas áreas bajo riego, inversiones de miles de millones de dólares.

Nada de esto significa que se hayan terminado la pobreza, la desigualdad o las malas decisiones.

Significa algo mucho más sencillo: el mundo avanzó enormemente y nosotros avanzamos con él, aunque la vida cotidiana muchas veces nos impida advertirlo.

Hay una manera bastante eficaz de comprobarlo.

Imaginemos por un instante una pandemia como la de Covid enfrentada con los hospitales, las comunicaciones, los conocimientos científicos y la tecnología disponibles hace cincuenta años.

O pensemos en algo todavía más simple.

Traigamos imaginariamente a una persona de 1960 y hagámosla caminar hoy por cualquiera de nuestras ciudades.

Nosotros veremos el pozo de la calle, el sueldo que no alcanza, el hospital que funciona mal y el político que nos indigna.

Esa persona probablemente quedaría maravillada frente a una resonancia magnética, una videollamada, una mujer gobernadora, una universidad llena de jóvenes, un productor perdido en la Patagonia conectado al mundo por satélite o una vacuna desarrollada contra un virus desconocido en menos de un año.

Y quizá nos preguntaría algo incómodo:

¿Ustedes no se dan cuenta de todo lo que hicieron?

No siempre.

Porque mientras ocurría estábamos ocupados viviendo.

Tal vez convenga detenernos alguna vez a mirar la distancia recorrida. No para felicitarnos ni para negar todo lo que falta. Al contrario.

Porque la perspectiva tiene una enorme utilidad práctica: permite saber dónde estamos parados antes de decidir hacia dónde queremos ir.

Después ocurrirá lo que tenga que ocurrir.

El hombre propone y Dios dispone, decían nuestros abuelos. Podemos llamarlo Dios, azar, historia, fuerzas del destino o vientos alisios.

Pero sería bastante conveniente que, cuando esos vientos empiecen a soplar, al menos nosotros sepamos hacia dónde queremos llevar el barco.

CB para Frecuencia VyP