Pongamos a la ruralidad de moda
Hay algo nuevo en el campo que rodea a Viedma. Quizás no sea completamente nuevo, pero se ha vuelto suficientemente visible como para que quienes vivimos en la ciudad empecemos a mirarlo.
La última Exposición Rural dejó algunas pistas.
Hay una generación joven conduciendo, produciendo, aprendiendo. Varones y mujeres. Gente formada, inquieta, bastante poco dispuesta a conformarse con hacer las cosas como siempre se hicieron.
La propia conducción de la Sociedad Rural de Viedma expresa parte de ese cambio. Su presidente, Rodrigo Núñez, proviene del IDEVI, del área irrigada, y no exclusivamente de aquella tradición ganadera extensiva del secano que durante décadas identificó a las rurales patagónicas.
Hasta el paisaje productivo está cambiando.
Hubo un tiempo en que hablar de la ganadería de esta región era hablar casi inevitablemente de ovejas. La producción ovina fue retrocediendo por muchas razones: dificultades económicas, mano de obra, sequías y, particularmente, una presión creciente de predadores. Primero el puma; después el jabalí agregó su propia calamidad.
Y llegaron las vacas.
Pero sería injusto describir lo ocurrido solamente como una sustitución de animales.
Porque mientras cambiaba el rodeo también estaba cambiando el productor.
Aparecieron con mayor intensidad la genética, el manejo de pasturas, la suplementación, los registros, la medición de resultados, los sistemas de riego, la tecnología y una obsesión saludable por conseguir más productividad y mejor calidad.
Y apareció, sobre todo, una enorme voluntad de aprender.
Hay algo curiosamente francés en todo esto.
El movimiento CREA, que hoy está profundamente incorporado a la cultura de una parte del campo argentino, nació precisamente mirando a Francia. A mediados de los años 50, Enrique Capelle conoció allí los CETA, grupos de agricultores que se reunían para intercambiar experiencias, información técnica y resultados de sus propias experimentaciones. Pablo Hary tomó aquella idea y en 1957 nació el primer grupo CREA argentino.
Era una pequeña revolución conceptual: el conocimiento de uno podía mejorar el campo del otro.
No guardar el secreto. Compartirlo.
Probar. Equivocarse. Medir. Comparar. Volver a probar.
Casi setenta años después, algo de aquel espíritu puede reconocerse en esta nueva ruralidad que crece alrededor de Viedma.
Los campos empiezan a parecerse un poco a laboratorios.
Se prueba una pastura. Se analiza qué genética funciona mejor. Se mide la conversión. Se discute el manejo del agua. Se compara el resultado con el vecino. Se incorpora una tecnología. Se descarta otra. Se consulta al veterinario, al agrónomo, al técnico.
No desapareció el viejo conocimiento rural. Por suerte.
El hombre que sabe mirar el cielo, reconocer un animal enfermo antes de que enferme del todo o entender qué está diciendo un suelo conserva un saber formidable. Lo interesante es que ahora ese conocimiento empírico se encuentra con otro: datos, ciencia y tecnología.
Y ésa puede ser una combinación extraordinariamente potente.
También desaparece lentamente otro estereotipo: el del campo exclusivamente masculino.
En esta nueva generación hay mujeres y varones trabajando, administrando, estudiando, decidiendo e innovando. No como una concesión de época sino porque la empresa agropecuaria moderna necesita talento y el talento, afortunadamente, nunca preguntó por el sexo.
Quizás por eso resultó tan interesante la última Rural.
Hubo animales, remates, productores y tradición. Todo lo que debe conservar una exposición rural.
Pero detrás podía advertirse otra cosa.
Hambre de progreso.
Incluso llevaron a Pino a recorrerla.
Y quizás haya algo simbólico allí: abrir el campo, mostrarlo, explicarlo. Hacer que la ciudad entienda qué ocurre detrás de esos alambrados que atraviesa por la ruta sin mirar demasiado.
Porque Viedma tiene una particularidad extraordinaria. A muy pocos kilómetros del centro administrativo de la provincia conviven el secano ganadero y un valle irrigado capaz de producir carne, forraje, horticultura, frutos secos y desarrollar nuevas cadenas de valor.
Eso también es Viedma.
Y debería interesarnos mucho más.
Especialmente debería interesarles a los chicos.
Porque visitar una Rural no debería consistir solamente en ver una vaca enorme, sacarse una foto con un caballo y comer algo antes de volver a casa.
Debería servir para descubrir profesiones.
Ingeniería agronómica. Veterinaria. Genética. Riego. Mecánica. Electrónica. Programación. Administración. Logística. Alimentos. Energía. Tecnología.
Detrás de una vaca hay muchísimo más siglo XXI de lo que un chico urbano puede imaginar.
Durante mucho tiempo el campo argentino fue presentado alternativamente como una postal romántica o como un sector económico al que había que discutirle impuestos, retenciones y poder político.
Tal vez haya llegado el momento de mirarlo desde otro lugar.
Como un formidable espacio de innovación.
La tradición no consiste en hacer eternamente las cosas de la misma manera. Consiste también en conservar aquello que merece sobrevivir y encontrar mejores maneras de continuarlo.
Eso parece estar ocurriendo alrededor nuestro.
Los campos permanecen.
Las familias permanecen.
La cultura rural permanece.
Lo que está cambiando es la manera de producir.
Y quizá, después de tantos años poniendo tantas otras cosas de moda, haya llegado el momento de poner de moda también la ruralidad.
CB para Frecuencia VyP

