El mito de la cartilla dorada: por qué en salud, la hotelería no salva vidas
Vivimos atrapados en una fantasía brutal de consumo médico. Nos han vendido que la salud es un bien que se mide en el gramaje de las toallas, en la marca del televisor de la habitación o en el color de la credencial que llevamos en la billetera. Pero cuando las luces del decorado se apagan y lo que está en juego es la vida, la realidad rionegrina nos demuestra que la infraestructura de salud es una sola y que, afortunadamente, en esta provincia nadie queda tirado en el camino.
El debate actual en la Legislatura sobre la reforma del IPROSS y la supuesta “libertad” de migrar a una prepaga desnuda una enorme falta de sofisticación y madurez en la discusión pública. Se debate la libre opción como si cruzar la frontera hacia el sector privado garantizara una medicina de otra galaxia. Gran error. En nuestro territorio, la oferta real de servicio no cambia según el logo de la empresa. El médico que te opera a la tarde en una clínica privada es el mismo que a la mañana vistió el ambo en el Hospital Zatti.
La tecnología de alta complejidad que hoy ostentan muchos centros privados —financiamiento histórico al margen— está perfectamente integrada al sistema público mediante convenios y derivaciones. El Estado e IPROSS sostienen esa red, y esa red sostiene al Estado. Es un ecosistema único, profundamente entrelazado para cuidarnos a todos. ¿Hay diferencias? Sí, claro. A veces en los tiempos de espera burocráticos, en la velocidad para autorizar una prótesis. Pero en lo sustancial, en el acto médico que define el destino de un paciente, la frontera entre lo público, lo estatal y lo privado es una ilusión.
Incluso el mito de la “hotelería sanitaria”, el último refugio de quienes defienden la superioridad privada, se cae a pedazos ante la experiencia empírica. Quienes caminan los pasillos de la salud real lo saben: la madre de mi marido pasó sus últimos días en una clínica privada, confinada en un cuarto compartido ínfimo; mientras que una de mi nueras dio a luz a su hija en el Hospital Zatti, contenida en una habitación grande, luminosa y hermosa.
Y si miramos al centro del país, donde la opulencia parece dictar las reglas, el engaño es el mismo. Se puede pagar la prepaga más cara de Buenos Aires, internar a una madre en la flamante y espectacular ala nueva del Hospital Alemán con categoría de hotel cinco estrellas, para que luego un error o una mala praxis en una caída la deje sin poder mover el brazo derecho. ¿Califica la hotelería la calidad de la medicina? La respuesta es un “no” rotundo. Las paredes pintadas de nuevo y el wifi de alta velocidad no curan.
Hay que tener la generosidad intelectual de reconocer lo que tenemos. En la Argentina profunda, y particularmente en Río Negro, el hospital público no es el descarte; es la base sobre la que se apoya todo el sistema. Con sus demoras y sus batallas diarias, es el único que jamás te va a pedir una tarjeta de crédito antes de salvarte la vida en una urgencia. Es hora de derribar los mitos corporativos, dejar de idealizar cartillas que en el interior provincial no tienen efectores reales, y empezar a defender con orgullo un sistema público e integrado que, al final del día, es el único que nos abraza a todos por igual.
Claudia Beltramino

