¿Para qué estamos educando a nuestros chicos?

Cerca de 600 estudiantes de 84 escuelas secundarias de la provincia comenzaron este año trayectos de formación vinculados con minería y petróleo

Durante generaciones la respuesta parecía bastante sencilla. Uno estudiaba, aprendía un oficio o una profesión, conseguía trabajo y construía alrededor de él buena parte de su vida adulta.

La inteligencia artificial acaba de poner en discusión esa secuencia.

Ya puede redactar, traducir, calcular, programar, analizar información y realizar en segundos tareas que hasta hace muy poco requerían horas de trabajo humano. Y esto ocurre mientras buena parte de la educación continúa preparando alumnos para un mundo laboral que está cambiando a una velocidad extraordinaria.

Pero en Río Negro aparece una paradoja especialmente interesante.

Mientras la tecnología comienza a reemplazar determinadas tareas, nuestra provincia está entrando en una etapa productiva que necesita trabajadores que todavía no tiene en cantidad suficiente.

Petróleo, gas, minería, electricidad, automatización, nuevas tecnologías. Actividades que requieren técnicos, operadores y profesionales con conocimientos específicos.

Y hay algo que probablemente muchos rionegrinos tampoco sepan: cerca de 600 estudiantes de 84 escuelas secundarias de la provincia comenzaron este año trayectos de formación vinculados con minería y petróleo.

Es un dato pequeño frente a la magnitud del sistema educativo, pero enorme como señal.

Porque significa que, mientras discutimos qué debería hacer la escuela frente al futuro, en Río Negro una parte de ese futuro ya entró al aula.

Entonces quizá nuestro problema inmediato no sea simplemente que la inteligencia artificial vaya a eliminar puestos de trabajo.

Podríamos encontrarnos con algo mucho más paradójico: tener nuevas inversiones que demanden trabajadores, tener jóvenes buscando trabajo y, sin embargo, no disponer de las capacidades que esos nuevos empleos requieren.

Ahí aparece la verdadera discusión educativa.

Enseñar solamente contenidos ya no alcanza. Tampoco alcanza con repartir computadoras o enseñar a utilizar inteligencia artificial.

Habrá que combinar conocimientos tecnológicos nuevos con capacidades bastante antiguas y curiosamente cada vez más valiosas: comprender lo que se lee, razonar, hacer buenas preguntas, resolver problemas, aprender un oficio, trabajar con otros y, sobre todo, ser capaz de seguir aprendiendo.

Porque también eso cambió.

Durante buena parte del siglo XX una persona podía estudiar a los veinte años y ejercer durante treinta o cuarenta años aquello que había aprendido.

Los chicos que hoy están sentados en una escuela de Viedma, Bariloche, Roca, Catriel o Sierra Grande probablemente tengan que aprender, desaprender y volver a aprender varias veces durante su vida laboral.

Y en una provincia que está cambiando su matriz productiva, esta discusión deja de ser filosófica.

Es petróleo y gas. Es minería. Es energía. Es tecnología. Es inteligencia artificial. Pero también sigue siendo un buen electricista, un soldador calificado, un técnico que sabe resolver un problema y un chico que salió de la secundaria entendiendo lo que lee y sabiendo aprender aquello que todavía nadie pudo enseñarle.

Quizá por eso la inteligencia artificial no sea solamente una amenaza para la educación.

Puede ser también la oportunidad de obligarnos a formular una pregunta que veníamos postergando:

no qué título queremos que tengan nuestros chicos, sino qué queremos que sean capaces de hacer cuando salgan de la escuela.

Y esos 600 estudiantes de 84 escuelas rionegrinas sugieren algo importante: la pregunta ya empezó a tener algunas respuestas.

CB para Frecuencia VyP