“Está hecho con inteligencia artificial”

La frase empieza a utilizarse con cierta frecuencia y casi siempre contiene un reproche. Como si conocer que hubo inteligencia artificial en la elaboración de un texto, una imagen, una investigación o un trabajo alcanzara para decir algo sobre su calidad.

Probablemente no.

Porque a medida que estas herramientas se incorporen a nuestra vida cotidiana tendremos que aprender a distinguir dos cosas que hoy solemos confundir: tener acceso a una inteligencia artificial y saber qué hacer con ella.

No es lo mismo.

Un científico puede utilizar una IA para discutir un problema extraordinariamente complejo de su especialidad. Un periodista puede pedirle que busque antecedentes, contraste información o le ayude a explorar las consecuencias de una noticia. Un estudiante puede utilizarla para comprender aquello que no entendió en clase.

Y otro estudiante puede pedirle simplemente que le haga la tarea.

La herramienta puede ser exactamente la misma.

Lo que cambia es la persona que está delante.

Porque la inteligencia artificial ofrece respuestas, pero la calidad de nuestra relación con esas respuestas depende de algo que sigue siendo profundamente humano: lo que sabemos.

Depende de nuestro vocabulario, de nuestros conocimientos previos, de la capacidad de formular preguntas, de relacionar acontecimientos, de reconocer una contradicción, de sospechar ante una respuesta demasiado sencilla y, sobre todo, de advertir cuándo la máquina está equivocada.

Por eso hay algo engañoso en la idea de que la inteligencia artificial, por estar disponible para millones de personas, iguala automáticamente las posibilidades de todos.

Democratiza el acceso a una herramienta extraordinaria.

No necesariamente democratiza la capacidad de aprovecharla.

Dos chicos de quince años pueden tener delante exactamente la misma inteligencia artificial.

Uno puede pedirle que compare dos explicaciones de un fenómeno, que identifique contradicciones, que presente evidencias diferentes y que le explique aquello que todavía no comprende.

El otro puede escribir: “Haceme la tarea”.

En el primer caso, la inteligencia artificial puede estar ayudándolo a pensar.

En el segundo, puede estar evitando que piense.

Y probablemente ésta sea una de las discusiones educativas más importantes que tendremos que dar en los próximos años.

Porque durante mucho tiempo pensamos la desigualdad tecnológica fundamentalmente como una desigualdad de acceso. Unos tenían computadora y otros no. Unos tenían Internet y otros no. Había que cerrar esa brecha.

Ahora aparece una brecha bastante más difícil.

Podemos conseguir que dos personas tengan acceso a la misma herramienta. Lo que no podemos entregarles mediante una conexión a Internet es todo aquello que necesitan para utilizarla bien.

Comprensión lectora. Vocabulario. Matemática. Historia. Ciencias. Capacidad de abstracción. Curiosidad. Perseverancia. Pensamiento crítico.

Educación, en definitiva.

Y después queda todavía otra diferencia: qué hacemos con aquello que la máquina nos entrega.

Podemos copiarlo.

O podemos leerlo, discutirlo, comprobarlo, corregirlo, relacionarlo con algo que ya sabemos y utilizarlo como punto de partida para construir algo nuevo.

Por eso quizá dentro de algunos años la frase “está hecho con IA” nos resulte tan insuficiente como hoy resultaría decir que un escritor trabajó utilizando un diccionario o que un ingeniero hizo sus cálculos con una calculadora.

La existencia de la herramienta no explica la calidad del resultado.

La pregunta interesante será otra:

¿Qué hizo la máquina y qué hizo el ser humano con lo que la máquina le dio?

Porque existe una paradoja formidable detrás de esta revolución.

Nunca habíamos puesto tanta capacidad intelectual al alcance de tanta gente.

Pero cuanto más poderosa sea la herramienta que pongamos en manos de todos, más importante puede volverse aquello que cada uno lleva consigo antes de encenderla.

La inteligencia artificial puede democratizar el acceso a una enorme capacidad de procesamiento y conocimiento.

Pero no necesariamente democratiza la capacidad de aprovecharla.

Y acaso allí esté uno de los mayores desafíos educativos de nuestro tiempo: cuanto más inteligente se vuelva la herramienta, más importante será la cabeza que la utiliza.

CB para Frecuencia VyP