¿El fin de los hidrocarburos?
Durante años nos dijeron que estábamos entrando en la transición energética y que el petróleo comenzaba lentamente su retirada. Sin embargo, justo cuando Río Negro se prepara para convertirse en una gran plataforma de salida de petróleo y gas argentino al mundo, empieza a aparecer otra pregunta.
¿Y si no estamos llegando al final de la era de los hidrocarburos?
El petróleo no es solamente combustible. Está en los fertilizantes que hicieron posible otra escala de producción agrícola; en los plásticos, pinturas, fibras sintéticas, cauchos y envases; en la industria, el transporte mundial de mercaderías y buena parte de la infraestructura sobre la que funciona nuestra vida cotidiana.
Incluso una creciente electrificación del transporte no supone necesariamente su desaparición.
A esto se agrega un mundo más conflictivo, con mayor gasto militar, preocupación por la seguridad energética y Estados que vuelven a considerar estratégico asegurarse fuentes de energía confiables. Y, en paralelo, las grandes compañías continúan comprometiendo inversiones multimillonarias en gas natural licuado e infraestructura concebida para funcionar durante décadas.
Es allí donde la transformación de Río Negro adquiere otra escala.
VMOS, Punta Colorada, los futuros gasoductos y Argentina LNG pueden ser vistos como enormes inversiones. Pero también como algo bastante más profundo: infraestructura destinada a incorporar físicamente a Río Negro a uno de los grandes circuitos energéticos internacionales.
Durante décadas estuvimos al lado de una enorme provincia petrolera, Neuquén, sin ser esencialmente petroleros. Ahora podemos convertirnos en algo diferente y acaso igualmente decisivo: el territorio que permite que la energía de Vaca Muerta llegue al mundo.
Por eso decir que Vaca Muerta ya no termina en Neuquén sino en Río Negro no describe solamente un oleoducto.
Describe una modificación geográfica, económica y posiblemente histórica.
Y obliga a cambiar también nuestra medida del tiempo.
Veinte años pueden parecer una enormidad cuando se los mira desde la política cotidiana. Son cinco gobiernos provinciales. Una generación entera habrá llegado a la adultez.
Pero las grandes infraestructuras no se construyen para una elección ni para una generación. Un puerto, un ferrocarril, una red energética o una ciudad transformada sobreviven largamente a quienes tomaron la decisión inicial. París no fue reformado pensando únicamente en los parisinos de los veinte años siguientes. Fue construido con una ambición mucho más difícil: imaginar una ciudad capaz de atravesar tiempos que todavía no podían conocerse.
Naturalmente, ningún gobierno puede prever el mundo de 2050 o 2060. Habrá cambios tecnológicos, políticos, climáticos y económicos que hoy ni siquiera alcanzamos a imaginar.
Pero precisamente por eso la pregunta rionegrina empieza a ser extraordinaria.
No consiste solamente en cuánto petróleo saldrá por Punta Colorada o cuántos dólares podrá exportar Argentina LNG.
Consiste en saber qué provincia quedará construida alrededor de todo eso.
Porque si esta infraestructura permanece, si genera puertos, caminos, energía, ciudades más grandes, conocimiento técnico, proveedores, trabajadores especializados y nuevas actividades económicas, su verdadera consecuencia puede exceder largamente al propio petróleo.
Quizás ése sea el desafío mayor: aprovechar una oportunidad energética del presente para construir una provincia capaz de vivir también de lo que venga después.
Y entonces la pregunta cambia definitivamente.
¿Y si Río Negro no está simplemente entrando en el negocio de los hidrocarburos, sino empezando a construir la infraestructura sobre la que se apoyará durante buena parte de este siglo?
CB para FrecuenciaVyP

