Hemos aprendido

Hay una explicación bastante menos romántica del progreso humano que la bondad.

Quizá nos hicimos mejores porque descubrimos que ser mejores era más útil.

Las ciudades construyeron cloacas no solamente por amor al prójimo, sino porque la enfermedad del vecino terminaba llegando a nuestra casa. Vacunamos a todos porque nadie está verdaderamente protegido mientras una epidemia siga circulando. Dejamos de matarnos para comerciar porque descubrimos que intercambiar cosas era bastante más provechoso que saquearlas.

Buena parte de la civilización podría explicarse así: cooperar funciona.

No parece demasiado heroico.

Y sin embargo, ¿cómo no celebrarlo?

Porque ocurre después algo extraordinario. Aquello que comenzamos haciendo por conveniencia termina transformándose en una convicción.

Ya no creemos que un chico pobre debe recibir atención médica para que no nos contagie. Creemos que debe recibirla porque tiene derecho a curarse.

Ya no consideramos aberrante la esclavitud porque resulte económicamente inconveniente. Nos resulta moralmente intolerable.

La costumbre civilizatoria parece educarnos.

Tal vez la prosperidad también nos haya permitido darnos un lujo formidable: ampliar el círculo de aquellos por quienes somos capaces de preocuparnos. Primero los nuestros. Después los vecinos. Después desconocidos. Personas de otras razas, religiones, países y culturas. Incluso empezamos a preocuparnos por quienes todavía no nacieron.

No somos santos. Nunca lo fuimos y probablemente nunca lo seremos.

Pero algo hemos aprendido.

Quizá el progreso haya comenzado muchas veces con una pregunta mezquina: “¿qué me conviene?”.

Y haya terminado llevándonos hacia otra mucho más hermosa:

“¿qué nos conviene?”.

Parece apenas una palabra.

Pero entre el me y el nos cabe buena parte de la historia de la civilización.

Y sí: creo que somos mejores.

Vamos, bastante mejores.

CB para Frecuencia VyP