….pero avanzamos

Hay una manera bastante injusta de contar la historia argentina.

Decimos: “el fracaso de Alfonsín”.

Y hay razones: la hiperinflación, el deterioro económico, la entrega anticipada del gobierno. Todo eso ocurrió.

Pero Alfonsín consiguió algo extraordinario: después de medio siglo de golpes militares, la democracia dejó de ser un intervalo entre dictaduras y empezó a convertirse en la normalidad.

El Nunca Más y el Juicio a las Juntas establecieron una frontera que sobrevivió incluso a los retrocesos posteriores: el Estado no podía secuestrar, torturar y desaparecer personas como instrumento político.

Y aquí aparece algo interesante para pensar no sólo la Argentina, sino también Brasil, América Latina y Europa.

Los grandes triunfos políticos tienen una característica curiosa: cuando triunfan de verdad, dejamos de reconocerlos como triunfos. Se convierten en derechos.

El chico brasileño que llegó a la universidad gracias a la expansión social de las últimas décadas no tiene por qué votar agradecido a Lula toda su vida. Para él, estudiar ya es un derecho. Ahora quiere una buena universidad, trabajo, un salario que alcance y caminar tranquilo por la calle.

Lo mismo ocurre con quien tiene un hospital público: ya no agradece que exista; se enoja porque tarda seis meses en conseguir un turno.

Y está bien que sea así.

Nuestras democracias hicieron muchísimas cosas mal: corrupción, clientelismo, inflación, despilfarro, oportunidades perdidas.

Pero también avanzamos.

Tal vez un milímetro por vez.

Hoy consideramos intolerables cosas que hace cuarenta años nuestras sociedades toleraban.

Y quizá la alternancia entre gobiernos más liberales y gobiernos más protectores no demuestre solamente que nunca encontramos el rumbo.

Quizás sea, parcialmente, el rumbo.

Unos amplían derechos y protección hasta que aparecen excesos, burocracia y cuentas imposibles. Otros ordenan, liberalizan y exigen eficiencia hasta que la sociedad recuerda que una economía puede cerrar perfectamente en una planilla y dejar demasiada gente afuera.

Y vuelve a corregir.

Pero cada gobierno encuentra una sociedad ligeramente distinta.

Milei puede desarmar buena parte del aparato kirchnerista. Difícilmente pueda devolver culturalmente a la Argentina a 1980.

Y quien suceda algún día a Milei podrá cambiar muchas de sus políticas, pero probablemente tendrá más dificultades para convencer a los argentinos de que la inflación, el déficit permanente o el equilibrio fiscal no importan.

Algo queda.

Por eso quizá debamos mirar estos cuarenta años de democracia preguntándonos no sólo cuánto falta, sino también desde dónde venimos.

Nadie se levanta hoy agradeciendo que haya elecciones. Nadie considera extraordinario que los militares estén en los cuarteles o que un presidente entregue el poder a otro.

Es lo normal.

Y ése quizá haya sido el triunfo más extraordinario de Alfonsín:

conseguir que su mayor victoria dejara de parecernos una victoria.

Porque terminó perteneciendo a todos.

Tal vez así avancen las sociedades: un milímetro por vez.

Y cuando uno mira esos milímetros después de cuarenta años, descubre que hemos recorrido algunos centímetros.

CB para Frecuencia VyP