Ya no votamos sueños
Hay algo que está cambiando en las democracias del mundo y, quizás, todavía no terminamos de advertirlo.
Durante décadas, las elecciones enfrentaban proyectos distintos. Se discutía cuánto Estado era necesario, qué modelo económico convenía, cómo distribuir la riqueza o cuál debía ser el lugar del país en el mundo. Las diferencias eran profundas, pero existía un amplio abanico de opciones. Había matices. Se podía simpatizar con algunas ideas de un espacio y disentir con otras. La política era, sobre todo, una conversación sobre el futuro.
Hoy pareciera que esa lógica se está desdibujando.
La oferta política ya no se organiza alrededor de proyectos, sino de identidades enfrentadas. En Argentina lo vemos con claridad. Durante años fue kirchnerismo o antikirchnerismo. Ahora el eje parece desplazarse hacia mileísmo o antimileísmo. Y lo mismo ocurre, con distintos protagonistas, en buena parte del mundo.
Ya no importa tanto qué propone cada uno. Lo decisivo es de qué lado se está.
Las redes sociales alimentan esta dinámica. Premian el conflicto, la indignación y las respuestas instantáneas. Los medios, muchas veces, terminan girando alrededor de esa confrontación permanente. Los liderazgos se vuelven cada vez más personales y los partidos pierden identidad. Las personas reemplazan a las ideas.
Sin darnos cuenta, dejamos de preguntar “¿qué país queremos construir?” para empezar a preguntar “¿quién debe ser derrotado?”.
Ese cambio modifica también la manera de votar.
Cada vez con más frecuencia el voto deja de ser una expresión de esperanza para convertirse en un mecanismo de defensa. Se vota menos por un sueño que contra un miedo. No para alcanzar un futuro mejor, sino para impedir que gobierne el otro.
Cuando eso ocurre, los matices desaparecen.
La duda empieza a verse como una debilidad. Intentar comprender un argumento del adversario puede interpretarse como una traición. La moderación pierde prestigio y el acuerdo parece una claudicación. La política deja de ser el arte de construir consensos para transformarse en una competencia entre identidades irreconciliables.
Es curioso. Nunca estuvimos tan conectados y, sin embargo, pocas veces pareció tan difícil escucharnos.
Tal vez la mayor víctima de esta polarización no sea un partido ni un dirigente. Tal vez sea la propia complejidad de la realidad, que rara vez cabe en un “a favor” o “en contra”.
Las democracias necesitan ciudadanos capaces de cambiar de opinión, de aceptar que el adversario puede tener razón en algo y que ninguna fuerza política posee el monopolio de la verdad.
Porque cuando toda la política se reduce a elegir entre amigos y enemigos, dejamos de votar proyectos.
Y, poco a poco, dejamos también de votar sueños.
Frecuencia VyP

