El mundo que se fue
Durante 70 años hubo un orden: Occidente marcaba el tempo, el dólar era el lenguaje y la ONU era el escenario donde se procesaban los conflictos. Era un orden hipócrita, sí —construido sobre colonialismo, extractivismo y guerras proxy— pero era un orden. Tenía reglas.
Ese orden empezó a resquebrajarse con la invasión a Irak en 2003, se fracturó en 2008 con la crisis financiera, y hoy está en demolición activa.
La foto actual
Hay cinco o seis actores que están redefiniendo todo, y ninguno tiene un proyecto global completo:
● Estados Unidos sigue siendo la mayor potencia militar por mucho margen, pero su credibilidad política se derrumba. Trump no destruyó el poder americano, pero sí destruyó la idea de que ese poder viene acompañado de principios estables. Sus aliados ya no saben si serán socios o peones en la próxima jugada.
● China es el fenómeno más extraordinario. En cincuenta años pasó del hambre masiva a ser la segunda economía del mundo, el mayor exportador, el mayor acreedor del Sur Global y el fabricante de una parte gigantesca de lo que el mundo consume —incluyendo esos autos que todos queremos. Pero tiene un problema estructural enorme: su modelo depende de exportar más de lo que consume internamente, y el mundo le está empezando a cerrar mercados.
Además, su demografía envejece rápido y su liderazgo político no tiene mecanismos de autocorrección. Es una potencia formidable y frágil al mismo tiempo.
● Rusia es el actor más sobredimensionado de la conversación. Tiene armas nucleares y petróleo, y eso le da poder real. Pero su economía es del tamaño de Italia, su población encoge, y la guerra de Ucrania le reveló al mundo límites militares que eran impensables hace diez años.
Está jugando una partida más chica de lo que parece: no quiere reconstruir el mundo, quiere no perder lo que tiene.
● Europa es el actor más subestimado. Tiene mercado interno, tecnología, instituciones y —esto es clave— las reservas morales para hablar de derechos humanos con cierta coherencia histórica, aunque su deuda colonial con África es la que señalás. El problema de Europa es que tardó décadas en entender que necesita poder propio, y ahora lo está aprendiendo a las apuradas.
● India es el comodín. Mil cuatrocientos millones de personas, la economía de más rápido crecimiento, potencia nuclear, y una tradición diplomática de no alineación que le permite hablar con todos. No es un aliado de nadie: es un jugador soberano que hace lo que le conviene, y eso en el mundo actual es una virtud.
● El Sur Global —África, América Latina, el sudeste asiático— ya no acepta el papel de receptor pasivo de las decisiones del Norte. El problema es que tampoco tiene todavía la coordinación para imponer agenda propia. Está en un momento de transición: ya no sometido, pero todavía no protagonista.
Lo que podemos esperar
No hay una potencia hegemónica capaz de imponer orden, y ninguna alianza tiene la voluntad ni la capacidad de reemplazarla.
Eso significa un período largo —décadas, no años— de multipolaridad caótica: muchos actores con poder parcial, muchos conflictos regionalizados, muchos acuerdos que duran lo que dura la conveniencia.
Lo más peligroso no es la guerra entre grandes potencias —eso sigue siendo improbable porque todos tienen demasiado que perder— sino los conflictos en los espacios intermedios: zonas donde el Estado es débil, donde hay recursos, donde el cambio climático presiona, y donde alguna potencia ve la oportunidad de ganar influencia.
Lo más esperanzador, paradójicamente, es que la multipolaridad también distribuye poder. Brasil puede tener política exterior propia. India puede negociar con todos. Los países del Golfo ya no dependen de Washington. Y eso crea más posibilidades de maniobra para países medianos como Argentina —si tienen una estrategia coherente, que es exactamente lo que hoy no tenemos.
El mundo está loco, sí. Pero también está, por primera vez en mucho tiempo, genuinamente abierto.
Frecuencia VyP

