Un mundo que se despide

Una reciente tribuna firmada por centenares de académicos, economistas y referentes internacionales que sostiene una idea sencilla: la pobreza no es un accidente, sino el resultado de decisiones políticas y económicas. Entre los firmantes aparecen nombres de enorme prestigio intelectual, como Thomas Piketty y Joseph Stiglitz.

Sin embargo, mientras avanzaba en la lectura, tuve una sensación inesperada. No sentí indignación ni desacuerdo. Sentí algo parecido a la ternura.

Porque el texto describe con notable claridad una manera de entender el mundo que parece estar llegando a su final.

Durante décadas, una parte importante del pensamiento occidental interpretó la realidad a partir de una serie de certezas. La pobreza era consecuencia de estructuras injustas. La riqueza era vista con sospecha. El crecimiento económico debía ser corregido por el Estado. Las grandes disputas se explicaban mediante categorías relativamente simples: izquierda y derecha, capital y trabajo, mercado y Estado.

Era un lenguaje coherente con el siglo XX.

Pero el mundo que emerge delante de nosotros parece responder a otras preguntas.

Hoy las tensiones atraviesan fronteras diferentes. Ya no pasan exclusivamente por la distribución de la riqueza, sino también por la identidad, la soberanía, la seguridad, la inmigración, la tecnología, la inteligencia artificial, el control de los datos, la representación política y la distancia creciente entre las élites gobernantes y los ciudadanos comunes.

Por eso resulta cada vez más difícil explicar los fenómenos políticos contemporáneos utilizando categorías heredadas de otra época.

Quizás el error más importante sea creer que estamos asistiendo a un giro global hacia la derecha. Tal vez lo que estamos viendo sea algo distinto: el agotamiento de los marcos conceptuales con los que interpretamos el mundo durante gran parte de los últimos cien años.

Las palabras siguen siendo las mismas, pero la realidad que intentan describir ya cambió.

Cuando algunos observadores hablan de “avance de la derecha”, muchas veces parecen describir con términos antiguos procesos completamente nuevos. Ciudadanos que no se sienten representados por partidos tradicionales. Sociedades que reclaman orden después de años de incertidumbre. Comunidades que buscan recuperar referencias culturales, nacionales o institucionales que consideran perdidas.

No necesariamente se trata de una restauración ideológica. Puede tratarse, simplemente, de una búsqueda de anclaje.

La pobreza existe. La desigualdad existe. Y es legítimo debatir cómo enfrentarlas. Pero quizás la discusión más profunda sea otra: ¿seguimos comprendiendo el mundo que tenemos delante?

A veces la historia no cambia porque triunfa una idea nueva. A veces cambia porque las viejas dejan de alcanzar para explicar lo que está ocurriendo.

Y al leer ciertos manifiestos contemporáneos, uno tiene la impresión de estar observando precisamente eso: un lenguaje que conserva prestigio académico, influencia institucional y capacidad de movilización, pero que empieza a perder contacto con las preguntas que millones de personas se hacen cada día.

No es una derrota intelectual. Es algo más natural y más humano.

Es un mundo que se despide.

Frecuencia VyP