El problema argentino no es solamente quién gobierna

Durante décadas, los argentinos hemos discutido quién tiene la culpa de nuestros fracasos. Peronistas y antiperonistas, radicales y conservadores, liberales y estatistas, gobiernos democráticos y gobiernos militares. Cada generación encontró un responsable y, casi siempre, creyó que el problema comenzaba con el gobierno de turno.

Pero quizás haya una pregunta más profunda que todavía no terminamos de hacernos: ¿por qué Argentina no consiguió, en el último siglo, construir instituciones suficientemente fuertes como para sostener políticas de crecimiento y desarrollo más allá de los cambios de gobierno?

Porque si algo caracteriza nuestra historia reciente es la dificultad para construir continuidad.

Tuvimos períodos de crecimiento. Gobiernos que hicieron obras. Reformas que produjeron resultados. Momentos de expansión económica y de modernización. También tuvimos funcionarios honestos y administraciones que dejaron aportes valiosos.

Pero nunca logramos convertir esos avances en una política nacional de largo plazo.

Cada gobierno parece llegar con la convicción de que debe empezar todo de nuevo. Se desarma lo que hizo el anterior, se reconstruye lo que había sido desmantelado y, algunos años después, vuelve a ocurrir lo mismo.

Mientras tanto, hay algo que sí parece haber sobrevivido a todos los cambios políticos: la baja calidad institucional.

Y dentro de ella, la corrupción.

No es patrimonio de una ideología. No nació con un partido ni desapareció con otro. La encontramos en distintas etapas de nuestra historia, bajo gobiernos civiles y militares, de diferentes signos políticos.

El peronismo tuvo sus mecanismos de privilegio y de favoritismo. Los gobiernos militares tampoco fueron sinónimo de transparencia ni austeridad. El radicalismo tuvo sus propios episodios de corrupción. El menemismo dejó una marca profunda en la relación entre política, negocios y Estado. El kirchnerismo llevó los mecanismos de corrupción vinculados a la obra pública a una dimensión que todavía forma parte de los procesos judiciales. Y los gobiernos posteriores tampoco estuvieron inmunes.

No se trata de decir que todos fueron iguales. No lo fueron.

Se trata de reconocer que la corrupción atraviesa nuestra historia política porque el problema es institucional, no exclusivamente partidario.

La corrupción no es solamente una cuestión moral. Es también un problema económico.

Una obra pública direccionada cuesta más. Una licitación amañada expulsa a empresas que podrían competir honestamente. Un empresario protegido por sus vínculos políticos puede desplazar a otro más eficiente. Un funcionario que utiliza el Estado para beneficiar a sus amigos o aliados termina perjudicando a todos los demás.

Y, finalmente, ese costo lo paga la sociedad.

La corrupción funciona como un impuesto invisible.

Pero hay algo todavía más grave: la corrupción necesita instituciones débiles para prosperar.

Cuando los organismos de control no funcionan, cuando la Justicia tarda años o décadas en resolver causas, cuando la selección y promoción de jueces queda demasiado expuesta a la influencia política, cuando los mecanismos de transparencia son insuficientes, el sistema genera un incentivo perverso.

El corrupto puede llegar a tener miedo del costo político. Pero si no teme seriamente al costo judicial, la corrupción deja de ser una conducta excepcional y comienza a convertirse en una estrategia posible de acumulación de poder.

Por eso, hablar de Justicia no es hablar solamente de jueces. Es hablar de democracia.

Una democracia de calidad necesita una Justicia independiente, eficaz y capaz de investigar al poder, cualquiera sea su signo político.

Y necesita también una sociedad que exija esa independencia.

Porque aquí aparece nuestra propia responsabilidad.

Los argentinos solemos indignarnos con la corrupción del adversario y relativizar la del propio. Condenamos al funcionario que roba cuando pertenece al partido que no votamos y buscamos explicaciones cuando pertenece al nuestro.

Hemos tolerado demasiadas veces la idea de que alguien puede “robar pero hacer”.

Tal vez sea hora de admitir que esa frase, que durante años circuló casi como una picardía nacional, fue también una de las formas en que contribuimos a deteriorar nuestras instituciones.

Porque cuando una sociedad acepta que el resultado justifica el método, termina debilitando los límites que deberían protegerla.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente quién gobierna.

Deberíamos preguntar cómo se gobierna.

Quién controla.

Cómo se seleccionan los jueces.

Qué ocurre cuando un funcionario utiliza recursos públicos para beneficio privado.

Cuánto demora una investigación.

Qué consecuencias tiene una condena.

Quién responde por una obra mal hecha.

Qué mecanismos existen para impedir que el poder político capture las instituciones que deberían controlarlo.

Y, sobre todo, deberíamos preguntarnos por qué durante cien años no logramos construir acuerdos básicos que sobrevivan a los gobiernos.

Porque quizás allí esté una de las claves de nuestra historia.

Argentina no necesariamente fracasó porque nunca tuvo gobiernos capaces. Fracasó porque nunca consiguió construir un sistema institucional suficientemente sólido como para que las buenas políticas sobrevivieran a los gobiernos que las habían iniciado.

Y esa diferencia es enorme.

Un país serio no necesita gobiernos perfectos. Necesita instituciones capaces de limitar a los malos gobiernos y de permitir que los buenos resultados continúen.

Necesita reglas que duren más que una elección.

Necesita una Justicia que no dependa del poder de turno.

Necesita organismos de control que controlen.

Necesita ciudadanos que exijan.

Necesita una cultura política en la que el adversario pueda equivocarse sin que eso obligue al gobierno siguiente a destruir todo lo anterior.

Quizás el gran desafío argentino no sea encontrar, finalmente, al gobierno perfecto.

Quizás sea mucho más sencillo —y mucho más difícil— que eso:

construir un país que ya no necesite gobiernos perfectos para funcionar.

Ese podría ser, después de cien años de pendular entre modelos, nuestro verdadero proyecto de futuro.