Demasiado tarde para lagrimas

Hay al menos dos notas por día sobre inteligencia artificial en casi todos los medios.

Qué trabajos va a destruir. Qué profesiones sobrevivirán. Si algún día será más inteligente que nosotros. Si habrá que regularla. Si terminará tomando decisiones por nosotros. Si será una bendición o una desgracia.

Y yo tengo la impresión de que, mientras discutimos apasionadamente todo eso, se nos está escapando la noticia más grande.

La inteligencia artificial ya llegó.

Sólo que llegó de una manera bastante menos cinematográfica de la que esperábamos.

Esperábamos al robot.

Y llegó el autocompletado.

Esperábamos una máquina que conversara con nosotros como HAL 9000.

Y apareció el teléfono avisándonos que tal vez quisimos escribir “miércoles” y no esa cosa incomprensible que acabábamos de mandar por WhatsApp.

Esperábamos reconocer la revolución por el ruido.

Y resulta que entró en pantuflas.

Porque pensemos un día cualquiera.

Nos levantamos, agarramos el teléfono y lo desbloqueamos con la cara. Miramos las fotos de los nietos y el aparato ya decidió cuáles salieron mejor. Google nos recomienda un recorrido porque sabe que determinada calle está congestionada. Una plataforma nos sugiere una película. Spotify, una canción. El correo separa bastante eficazmente los mensajes verdaderos de toneladas de basura.

El banco detecta una operación extraña. Una aplicación traduce instantáneamente un texto. El teléfono mejora una fotografía sin preguntarnos. YouTube decide qué puede interesarnos. Las redes ordenan lo que vemos.

Y WhatsApp, que probablemente esté más extendido entre nosotros que muchos servicios bastante más indispensables, ya tiene su propia inteligencia artificial metida ahí, entre el grupo de la familia y el mensaje del plomero.

No hace falta siquiera hablar con ella.

Ese es justamente el punto.

Utilizamos inteligencia artificial muchas veces sin tener conciencia de estar utilizando inteligencia artificial.

Y ahí me parece que estamos mirando el fenómeno con el largavistas al revés.

Nos preguntamos qué hará la IA en 2035 mientras quizás deberíamos preguntarnos algo muchísimo más sencillo:

¿Cuántas veces utilizó usted inteligencia artificial ayer?

Probablemente no lo sepa.

Yo tampoco.

Porque una tecnología se vuelve verdaderamente importante cuando empieza a desaparecer como tecnología.

Nadie dice por la mañana: “Ahora procederé a utilizar la electricidad”.

Prende la luz.

Nadie piensa en la red mundial de satélites cuando busca una dirección.

Mira Google Maps y dobla a la derecha.

Nadie reflexiona sobre las telecomunicaciones digitales antes de mandarle a su hija: “Comprá pan”.

Manda el WhatsApp.

Quizás con la inteligencia artificial esté empezando a ocurrir exactamente eso.

Y entonces cambia incluso la discusión que estamos teniendo.

Porque seguimos preguntándonos si queremos que la inteligencia artificial entre en nuestras vidas.

¡Perdón?

Ya entró.

La discusión verdaderamente interesante empieza después.

Cuánto queremos delegarle. Qué decisiones no queremos delegarle nunca. Qué datos estamos dispuestos a entregar. Quién controla los sistemas que nos recomiendan qué leer, qué mirar, qué comprar. Qué pasa con nuestros trabajos. Qué hacemos con nuestros chicos. Qué habilidades humanas tendremos que preservar con mayor cuidado precisamente porque las máquinas podrán reemplazar algunas otras.

Esas preguntas son enormes.

Pero para empezar a contestarlas quizá tengamos que reconocer primero dónde estamos parados.

No estamos esperando la llegada de la inteligencia artificial.

Estamos viviendo con ella.

Y posiblemente la gran noticia sobre la inteligencia artificial no sea lo que algún día llegará a hacer.

Quizá sea descubrir todo lo que ya hace mientras nosotros seguimos hablando de ella en tiempo futuro.

Porque al final, mientras discutíamos si algún día las máquinas dominarían a la humanidad, una máquina ya nos corrigió tres errores de ortografía, eligió el camino hasta el supermercado y nos recomendó qué serie mirar esta noche.

La revolución tecnológica más comentada de nuestro tiempo quizá tenga esa particularidad.

Llegó antes de que termináramos de discutir si queríamos recibirla.

CB para Frecuencia VyP