El debate imposible
Hay debates que se vuelven imposibles no porque falten argumentos, sino porque sobran consignas.
El de la paridad de género es uno de ellos.
Cada vez que reaparece, la discusión se divide rápidamente en dos trincheras. De un lado, quienes sostienen que la representación debe reflejar la diversidad de la sociedad. Del otro, quienes afirman que el único criterio válido es el mérito individual.
Y así, entre eslóganes, terminamos perdiendo de vista una pregunta bastante más interesante.
Supongamos un caso simple. Un hospital abre un concurso para cubrir un cargo de cirujano. Se presentan un hombre y una mujer. Obtienen exactamente la misma calificación, los mismos antecedentes, la misma experiencia y las mismas recomendaciones. ¿Qué hacemos?
La respuesta automática suele ser: “Que gane el mejor”.
Pero justamente el problema es que, según la evaluación realizada, ya son iguales.
A partir de ese momento cualquier decisión incorpora un criterio adicional. Puede ser la antigüedad, la especialización, la experiencia en determinada área, un sorteo o incluso una política institucional destinada a equilibrar una situación histórica de subrepresentación.
Es decir, el debate no comienza cuando se deja de considerar el mérito. Comienza cuando el mérito ya no alcanza para resolver el dilema.
Algo parecido ocurre con la Corte Suprema.
Una Corte no es solamente un conjunto de excelentes abogados. También es una institución que interpreta la Constitución para toda una sociedad. Por eso algunos consideran importante que exista diversidad de miradas, trayectorias, regiones y géneros. Otros entienden que cualquier consideración de ese tipo puede afectar el principio de seleccionar exclusivamente a los mejores.
Ambas posiciones tienen fundamentos razonables.
El problema aparece cuando una de ellas pretende anular por completo a la otra.
Durante años, en Argentina, la paridad fue utilizada muchas veces como bandera política antes que como herramienta institucional. Eso generó desconfianza en sectores que empezaron a verla como un mecanismo de reparto de lugares antes que como una búsqueda de equilibrio.
Pero también es cierto que quienes rechazan cualquier criterio de representación suelen actuar como si las instituciones existieran en el vacío, desconectadas de la sociedad a la que sirven.
Quizás el verdadero desafío consista en reconocer que el mérito importa y que la representación también importa.
No son valores necesariamente incompatibles.
CBeltramino
Lo que vuelve estéril la discusión es la necesidad permanente de elegir un bando y negar la legitimidad de la preocupación del otro.
Tal vez por eso cuesta tanto llegar al sentido común, ese bien escaso que suele ser, como decía alguien, el menos común de los sentidos.
Porque el sentido común no consiste en repetir consignas. Consiste en aceptar que algunos problemas tienen más de una dimensión y que las respuestas simples rara vez alcanzan para resolver cuestiones complejas.
Y quizá sea precisamente esa complejidad la que la política contemporánea tiene cada vez menos paciencia para admitir.

