El mundo cambió. ¿Nos dimos cuenta?
¿Se acuerdan de las marchas contra el fracking? ¿De las movilizaciones contra los proyectos mineros y petroleros? ¿De las consignas, los carteles, las discusiones apasionadas sobre el futuro de nuestra provincia?
No pasó tanto tiempo. Apenas unos años, si lo medimos con el calendario de la historia.
Había una oposición convencida, orgullosa de sus convicciones. Gente que salía a la calle porque creía estar defendiendo el futuro.
Y ahora miren a nuestro alrededor.
Estamos construyendo oleoductos, preparando puertos, hablando de exportaciones de petróleo y gas, formando trabajadores para una industria que hasta hace poco parecía lejana. Y lo hacemos con entusiasmo, con expectativas, con orgullo.
No hay resignación en esta nueva etapa. Hay una sociedad que mira hacia adelante y descubre oportunidades que antes ni siquiera imaginaba.
Y entonces aparece una pregunta incómoda, pero fascinante: ¿cuánto hemos cambiado sin advertir que cambiamos?
Porque Vaca Muerta no dejó de utilizar fractura hidráulica. El fracking sigue allí. Lo que cambió fue nuestra relación con esa realidad.
Naturalmente, no todos pensábamos lo mismo entonces ni pensamos lo mismo ahora. Las preocupaciones ambientales siguen siendo legítimas y necesarias.
Pero algo ocurrió entre aquellas marchas y estos días. Algo más profundo que una decisión gubernamental o una inversión empresaria.
Cambió nuestra manera de imaginar el futuro.
Y quizás nadie se haya sentado a revisar sus antiguas convicciones. Quizás simplemente fuimos incorporando una realidad nueva, hasta que un día descubrimos que aquello que parecía imposible se había vuelto cotidiano.
Es extraordinaria la capacidad humana para adaptarse. Cambiamos nuestras costumbres, nuestros trabajos, nuestras familias, nuestras expectativas. Y muchas veces lo hacemos sin detenernos a pensar en la magnitud de esas transformaciones.
Lo mismo ocurrió con la educación, con el lugar de las mujeres en la sociedad, con las relaciones familiares. En una sola generación cambiaron cosas que durante siglos parecían inamovibles.
Y acá viene lo que me parece más importante.
Si somos capaces de cambiar tanto, ¿no deberíamos ser un poco menos vehementes cuando defendemos nuestras certezas?
No se trata de renunciar a las convicciones. Mucho menos de dejar de discutir, reclamar o manifestarnos.
Se trata de admitir que podemos estar equivocados. Que la realidad es bastante más compleja que nuestras consignas. Y que el futuro suele tener la mala costumbre de no parecerse demasiado a lo que imaginábamos.
Quizás dentro de veinte años miremos nuestras discusiones actuales con la misma sorpresa con la que hoy podemos recordar aquellas marchas.
Y no estaría mal conservar esa posibilidad en la cabeza cuando discutimos con alguien que piensa distinto.
Porque hay algo que la historia nos enseña una y otra vez: el mundo cambia, nosotros cambiamos con él, pero nuestras certezas suelen ser las últimas en enterarse.
CB para Frecuencia VyP

