La memoria también vota

Hay algo que me incomoda cuando escucho a Miguel Ángel Pichetto hablar de la Argentina de hoy.


No necesariamente por lo que dice. Algunas de sus críticas al gobierno de Javier Milei pueden ser atendibles y otras pueden discutirse. Eso es parte de la democracia.


Lo que me incomoda es otra cosa.


Es la facilidad con la que nosotros, los que escuchamos, consumimos esas palabras como si Pichetto hubiera atravesado la política argentina durante décadas siendo una especie de observador privilegiado: inteligente, experimentado, conocedor del Estado, alguien que simplemente estaba allí y ahora puede explicarnos qué estamos haciendo mal.


Y no.


Pichetto no fue una sílfide que sobrevoló la política argentina.


Fue protagonista.


Durante los años del kirchnerismo fue jefe del bloque oficialista en el Senado. Fue una pieza central de aquel sistema político. No estaba en una esquina mirando cómo se tomaban las decisiones. Estaba adentro.


Y esto no significa que no tenga derecho a criticar a Milei.


Por supuesto que lo tiene.


Pero hay una diferencia entre escuchar una crítica y olvidar desde dónde viene.


Porque nosotros tenemos una memoria política bastante curiosa.


A veces recordamos perfectamente lo que hizo un gobierno, pero olvidamos quiénes fueron sus dirigentes, quiénes lo acompañaron, quiénes votaron sus leyes, quiénes defendieron sus políticas y quiénes ocuparon posiciones de poder durante esos años.


Y entonces ocurre algo extraordinario:
los protagonistas del pasado aparecen convertidos en comentaristas del presente.


Y nosotros se lo permitimos.


Ahí está, para mí, el problema.


No se trata de defender a Milei. Ni de negar los errores de su gobierno. Ni siquiera de decir que todo lo que propone está bien.


Se trata de algo mucho más elemental:
la crítica también tiene biografía.


Cuando alguien que participó durante años de un determinado modelo político nos explica por qué el país está mal, tenemos derecho a preguntarnos qué responsabilidad tuvo en aquello que hoy describe.


No para callarlo.


Para escucharlo mejor.


Porque también hay algo profundamente democrático en eso: nadie pierde su derecho a hablar por haber gobernado antes. Pero tampoco adquiere el derecho a que olvidemos que gobernó.


Y quizás el problema argentino sea, justamente, que tenemos una enorme capacidad para consumir políticos en tiempo presente.


Los vemos en un escenario, escuchamos una frase inteligente, una ironía, una definición brillante, una crítica certera… y durante una hora desaparecen treinta años de historia.


Como si la política comenzara cada mañana.


Como si los políticos no tuvieran pasado.


Como si nosotros tampoco lo tuviéramos.


Y eso es peligroso.


Porque una sociedad sin memoria política queda condenada a escuchar eternamente las mismas explicaciones de quienes participaron de los mismos problemas.


Por eso quizá no haya que preguntarse solamente:
“¿Tiene razón Pichetto?”


Hay que agregar una pregunta anterior:
“¿Quién es Pichetto cuando habla?”


Y esa pregunta no es una descalificación.


Es memoria.


Porque también nosotros, los ciudadanos, tenemos una responsabilidad.


No consumir políticos como personajes sueltos.


No mirar solamente la fotografía de hoy.


Hay que mirar la película.


Porque en política, como en la vida, la biografía no es un detalle al pie. Es parte del argumento.

CB para FrecuenciaVyP