La república empieza a la vuelta de la esquina
Cuando escuchamos hablar de la República, solemos imaginar grandes edificios, jueces de la Corte, presidentes, congresistas o conflictos políticos que ocurren a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, la salud de una república no se mide solamente en Washington, Buenos Aires o Viedma. También se mide en pueblos y ciudades como las nuestras.
Porque una república no es solamente un conjunto de instituciones. Es, sobre todo, una costumbre social.
Es la costumbre de aceptar reglas aun cuando no nos favorecen. Es la decisión de respetar al que piensa distinto. Es entender que los funcionarios administran recursos públicos y deben rendir cuentas. Es exigir transparencia, pero también informarse antes de opinar. Es participar, votar, reclamar cuando corresponde y reconocer cuando las instituciones funcionan correctamente.
En las comunidades pequeñas esta cuestión adquiere un valor especial. Aquí no hablamos de actores lejanos: hablamos del vecino, del concejal que cruzamos en el supermercado, del juez cuyos hijos fueron a la escuela con los nuestros, del periodista que conocemos desde hace años.
Esa cercanía tiene ventajas enormes. Permite controlar mejor el poder. Pero también entraña riesgos: la amistad, el parentesco, las simpatías o los enojos personales pueden llevarnos a juzgar a las instituciones según quién ocupa un cargo y no según las reglas que deberían regir para todos.
La república exige un esfuerzo adicional: defender principios incluso cuando benefician a alguien con quien no simpatizamos, y cuestionar conductas aunque provengan de personas a las que apreciamos.
Ninguna institución funciona sola. La Constitución más perfecta puede fracasar si los ciudadanos renuncian a ejercer la curiosidad, a hacerse preguntas, a buscar información confiable y a involucrarse en los asuntos públicos.
Porque la indiferencia también erosiona las instituciones.
Quizás el mayor compromiso que una república puede pedirnos no sea heroico ni grandilocuente. Tal vez consista simplemente en no resignarnos a ser espectadores; en conservar viva la curiosidad, ese impulso tan humano que nos lleva a preguntar por qué suceden las cosas, quién toma las decisiones y cómo podrían hacerse mejor.
Después de todo, las repúblicas no se sostienen únicamente con leyes. Se sostienen, sobre todo, con ciudadanos atentos.
MCB

