Malvinas: algo empezó a moverse
Durante más de cuarenta años, Malvinas quedó atrapada en una contradicción argentina.
Nunca dejamos de considerarlas nuestras. Pero tampoco pudimos desprenderlas completamente de la tragedia de 1982: una dictadura que intentaba salvarse mandó a jóvenes, muchos apenas preparados y peor equipados, a enfrentar a una potencia militar.
Para muchos argentinos de aquella generación, tomar distancia de Malvinas fue también tomar distancia de aquella utilización miserable de una causa nacional.
Pero Malvinas no pertenece a la dictadura.
Pertenece a una historia mucho más larga. Y quizá lo ocurrido ahora obligue a mirarla nuevamente.
Es razonable pensar que Javier Milei encontró allí una formidable oportunidad política. Su Gobierno necesita tiempo para que su transformación económica produzca resultados y la sociedad argentina no se caracteriza precisamente por su paciencia. Malvinas, en cambio, atraviesa partidos, generaciones y clases sociales. Pocas cosas reúnen todavía de esa manera a los argentinos.
Seguramente Milei lo sabe.
Pero reducir lo ocurrido a una operación política puede hacernos perder de vista algo bastante más importante.
Porque Malvinas ya no es solamente una discusión sobre soberanía.
Alrededor están el petróleo, la pesca, las rutas marítimas, la Antártida, la seguridad energética y el control del Atlántico Sur.
Y el mundo también cambió.
Después de algunas décadas en las que imaginamos que las fronteras perderían importancia, las grandes potencias volvieron a discutir territorios, energía, minerales, puertos y áreas de influencia.
La geografía regresó a la política. En realidad, nunca se había ido.
Por eso importa que el Gobierno argentino empiece a trasladar Malvinas desde el terreno casi exclusivamente simbólico hacia el de los intereses concretos: recursos naturales, inversiones, defensa, sanciones económicas y relaciones internacionales.
No significa que la recuperación de las islas esté cerca. Sería una ingenuidad afirmarlo.
Significa algo bastante más modesto, pero también importante: una pieza que permaneció prácticamente inmóvil durante décadas empezó a moverse.
Y desde la Patagonia deberíamos observarlo especialmente.
Vaca Muerta, los oleoductos, Punta Colorada, el GNL, Tierra del Fuego, Malvinas y la Antártida parecen asuntos diferentes. Mirados juntos muestran otra cosa: el Atlántico Sur está recuperando centralidad económica y estratégica.
Quizá dentro de algunos años descubramos que todo esto produjo mucho menos de lo que hoy imaginamos.
O quizá descubramos que aquí comenzó algo.
La eventual conveniencia política de Milei no modifica esa pregunta. Los gobiernos hacen política y procuran obtener rédito de sus decisiones. La cuestión importante es otra: si alguna de esas decisiones termina sirviendo también al país.
Malvinas fue utilizada una vez de la peor manera imaginable.
Eso no debería obligarnos a entregarle para siempre a aquella dictadura una causa que existía mucho antes que ella y que sobrevivió mucho después.
Se puede repudiar aquella guerra y seguir sintiendo que las Malvinas son argentinas.
Quizás sea, simplemente, porque hay cosas que forman parte de nosotros antes incluso de que decidamos qué pensamos sobre ellas.
Las medialunas. El churrasco. El dulce de leche.
Y sí.
También las Malvinas.
CB para Frecuencia VyP

