¿Para qué sirve un organismo de control que llega cuando ya pasó todo?

La Auditoría General de la Nación acaba de difundir un informe sobre irregularidades en programas de vivienda que atravesaron las gestiones de Mauricio Macri y Alberto Fernández. El informe es serio y merece ser leído. Pero hay algo que me resulta más inquietante que las irregularidades detectadas: los tiempos.

La auditoría comenzó hace años, revisó hechos ocurridos entre 2018 y 2019 y extendió su trabajo de campo hasta 2024. Ahora conocemos sus conclusiones. Mientras tanto, los gobiernos cambiaron, los funcionarios se fueron y, en muchos casos, las responsabilidades políticas se diluyeron.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué funcionario teme realmente a la AGN?

No digo que sus auditores hagan mal su trabajo. Digo que un organismo de control debería servir, antes que nada, para prevenir. Debería existir la certeza de que alguien está mirando mientras las cosas ocurren, no años después, cuando ya no hay manera de recuperar el dinero ni de reparar el daño.

Además, la AGN está conducida por la política. Durante años tuvo sentido que la encabezara alguien vinculado a la oposición, como parte de los mecanismos de equilibrio institucional. Pero en un sistema político cada vez más fragmentado, ¿cuánto peso real tiene hoy ese control? ¿Cuánto temor provoca?

La corrupción, mientras tanto, no desaparece. Se adapta. Se refina cuando hay recursos y, cuando no los hay, simplemente tiene menos oportunidades. Si algún día vuelve a circular mucho dinero en obra pública, sería ingenuo pensar que los viejos mecanismos no intentarán regresar.

No tengo pruebas para afirmar que la demora de los controles sea deliberada. Pero tampoco tengo dudas de que un sistema que controla tarde, demasiado tarde, termina siendo un sistema que controla poco.

Y quizás esa sea la verdadera pregunta que deberíamos hacernos: ¿cuántos años más vamos a seguir descubriendo lo que ya ocurrió, en lugar de impedir que ocurra?

CB