Memorias de la corrupción de la democracia argentina

Raúl Alfonsín 1983-1989

CAPITULO 1

La democracia argentina volvió en 1983 cargada de esperanzas, urgencias y una enorme expectativa moral.

Habíamos recuperado las instituciones después de la dictadura y probablemente conservábamos cierta inocencia: la democracia no sólo debía devolvernos elecciones, libertades y derechos. También imaginábamos que debía devolvernos una forma más decente de administrar el Estado.

No ocurrió exactamente así.

No porque el gobierno de Raúl Alfonsín pueda compararse con fenómenos de corrupción que conoceríamos después. Hacerlo sería deformar la historia. Pero durante aquellos años comenzaron a aparecer episodios que hoy resultan interesantes precisamente porque permiten recordar cuánto nos escandalizaban entonces ciertas cosas.

El caso emblemático fueron los famosos pollos de Mazzorín.

Ricardo Mazzorín, secretario de Comercio Interior, impulsó en 1988 la importación de pollos congelados desde Hungría para aumentar la oferta y contener los precios. La operación terminó convertida en un enorme escándalo por sus costos, las condiciones de almacenamiento y las pérdidas para el Estado.

Mazzorín renunció.

Los pollos ocuparon centímetros y centímetros de los diarios, horas de radio y televisión y se incorporaron al lenguaje cotidiano de los argentinos.

Visto desde lo que conoceríamos décadas después, casi sorprende la dimensión de aquel escándalo.

Pero ése es precisamente el dato que interesa recordar.

También aparecieron denuncias por los créditos concedidos por el Banco Hipotecario mediante la llamada Circular 830, un sistema que permitía discrecionalidad en el otorgamiento de préstamos y que benefició a personas vinculadas con ámbitos políticos, judiciales y del poder.

Y hubo irregularidades mucho más graves en la Aduana. Juan Carlos Delconte, administrador nacional durante buena parte del gobierno radical, quedó involucrado en investigaciones por maniobras vinculadas con importaciones y terminó años después condenado por contrabando.

No todo lo denunciado entonces fue corrupción probada. Hubo malas decisiones, sospechas, investigaciones que no llegaron a condenas y episodios que la memoria colectiva terminó simplificando.

Conviene hacer esa distinción.

Porque esta serie no pretende establecer que todos fueron iguales.

Pretende exactamente lo contrario: recordar cómo fue cambiando el límite.

Y durante el gobierno de Alfonsín ese límite todavía parecía bastante cercano.

Había acomodos. Había privilegios. Había funcionarios que aprovechaban posiciones. Había sospechas sobre negocios estatales.

Pero había también una sociedad que reaccionaba.

La corrupción todavía producía escándalo.

Quizás aquellos años hayan sido, para la democracia argentina, algo parecido a la pérdida de la inocencia adolescente.

Descubríamos que recuperar la democracia no nos había convertido automáticamente en mejores personas. Que las instituciones podían ser utilizadas en beneficio particular. Que el Estado seguía ofreciendo tentaciones. Y que la condición humana no cambia porque cambie un régimen político.

Ésa puede haber sido nuestra primera advertencia.

Porque la corrupción rara vez comienza con una bóveda.

Comienza cuando alguien descubre que puede correr un poquito el límite.

Un privilegio. Un favor. Un crédito. Una contratación. Una ventaja que el ciudadano común no tiene.

Y después aparece la pregunta decisiva:

¿qué ocurre cuando se cruza ese límite y no pasa nada?

Se vuelve a cruzar.

Y alguna vez, después de muchas pequeñas transgresiones, alguien descubre que además puede construir un mecanismo para hacerlo.

En 1983 recuperamos la democracia.

Durante aquellos primeros años descubrimos que la democracia, por sí sola, no garantizaba la virtud.

Todavía no sabíamos hasta dónde podía correrse aquel límite.

Eso vendría después.

CB para Frecuencia VyP