Cuando el centro ya no alcanza

Durante décadas, la Argentina pensó su desarrollo mirando casi exclusivamente a Buenos Aires. No era un capricho: allí estaban los puertos, la industria, el consumo y, sobre todo, la decisión política. El país creció —cuando creció— con ese esquema. Y también se estancó con él.

Hoy, sin embargo, algo empieza a crujir. No por vocación reformista ni por un rediseño estratégico cuidadosamente planificado, sino por una razón más incómoda: el modelo ya no alcanza.

El Gran Buenos Aires es, quizás, la expresión más elocuente de ese límite. Allí conviven densidad poblacional, pobreza estructural y una economía que hace tiempo dejó de traccionar como antes. No se trata de señalar a un gobierno en particular —aunque nombres como Axel Kicillof o Cristina Fernández de Kirchner inevitablemente aparezcan en la discusión— sino de reconocer un problema más profundo: décadas de políticas que no lograron revertir un deterioro persistente.

En paralelo, el mundo cambió. Y lo hizo más rápido de lo que la Argentina suele tolerar. La energía volvió al centro de la escena, las cadenas logísticas se reconfiguran y los países —incluso los medianos— se ven obligados a tomar posición en un tablero más áspero. En ese contexto, seguir dependiendo de una única salida al mundo deja de ser una ventaja y empieza a parecer un riesgo.

Ahí es donde aparece una provincia como Río Negro. No como una revelación súbita ni como un acto de justicia histórica, sino como una consecuencia bastante lógica de las nuevas condiciones. La cercanía con Vaca Muerta, la disponibilidad de costa marítima y la necesidad urgente de ampliar la capacidad exportadora convierten a su territorio en una pieza que, hasta hace poco, no estaba en el centro del tablero.

Lo interesante es que este movimiento no parece responder a una decisión política clásica —de esas que se anuncian con épica— sino a algo más pragmático: cuando el volumen crece y el tiempo apremia, las viejas estructuras quedan chicas. Y entonces, lo que antes era periférico deja de serlo.

Eso no implica, conviene decirlo, el declive de Buenos Aires ni mucho menos. Su peso económico, demográfico y simbólico sigue siendo determinante. Pero sí sugiere un cambio de lógica: de la centralidad excluyente a una red más distribuida, donde otras regiones empiezan a jugar un papel más activo.

La Argentina, en definitiva, no parece estar eligiendo un nuevo modelo. Más bien está siendo empujada hacia él.

Y en ese desplazamiento —forzado, imperfecto, pero inevitable— se abre una oportunidad. No tanto para reemplazar al viejo centro, sino para equilibrarlo. Para que el país deje de depender de un único motor y empiece, de una vez, a funcionar con varios.

Porque cuando el centro ya no alcanza, la periferia deja de ser una opción.

Pasa a ser condición.

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