El costo del flipper
Hay corrupciones que impresionan por su escala. Hay otras que impresionan por su pequeñez.
El caso Adorni pertenece a la segunda categoría, y es precisamente por eso que merece una reflexión que vaya más allá del escándalo de turno.
Un monitor gamer. Dos proyectores. Un flipper de Los Locos Addams. Comprados desde una cuenta personal de Mercado Libre, pagados con las tarjetas de crédito de subordinados. El monto total no llega a los seis millones de pesos, una cifra que en la historia de la corrupción argentina no alcanzaría ni para un capítulo menor. Y sin embargo, el hombre que cada mañana salía a decirle a la Argentina que la casta había terminado, que el sacrificio valía la pena, que el país estaba cambiando, no pudo resistir la tentación de un juguete electrónico cargado en la tarjeta de alguien que dependía de él.
Corrupción es corrupción, independientemente de los montos. Pero esta, en particular, nos enfrenta a una pregunta incómoda: ¿estamos ante un problema de inteligencia o ante un problema de hábito?
Porque las dos opciones son inquietantes. Si es lo primero, habla mal de quien ocupó durante meses el rol más visible de una gestión que se presenta como refundacional. Si es lo segundo, habla de algo más profundo y más difícil de resolver: la cultura del aprovechamiento como reflejo condicionado, independiente de las proclamas, los discursos y las banderas ideológicas.
Nunca, en muchos años de observar la política argentina, había visto tanto sacrificio ciudadano sostenido con tanta paciencia. El ajuste fue real, generalizado y doloroso. Y sin embargo, la mayoría lo bancó.
¿Por qué? No por amor al rigor fiscal en abstracto. Sino porque había una hipótesis implícita circulando en la sociedad: que la fiesta anterior había tenido un costo que alguien iba a tener que pagar, que la ilusión de que la prosperidad llegaba por decreto o por voluntad política había terminado, y que quizás, esta vez, el dolor tenía un sentido.
Esa hipótesis es frágil. No porque sea falsa en lo económico, donde hay señales reales y concretas de estabilización, sino porque depende de algo que el caso Adorni erosiona directamente: la credibilidad del sacrificio compartido.
El sacrificio se tolera cuando es colectivo. Cuando el que pide el esfuerzo da el ejemplo. Cuando la austeridad no tiene asterisco. Un monitor gamer cargado en la tarjeta de una subordinada no es solo una irregularidad jurídica. Es un asterisco enorme en el medio del relato.
¿Qué expectativas razonables nos podemos permitir, entonces, con esta historia sobre los hombros?
Creo que hay que separar dos planos que solemos mezclar.
En lo macroeconómico, las expectativas pueden ser moderadamente optimistas. La inflación cedió, el riesgo país cayó a niveles que no se veían hace años, hay inversión que regresa. Esos no son datos de relato: son números. Y los números, en este caso, acompañan.
Pero en lo institucional y cultural, el horizonte debe ser más largo y más humilde. Los hábitos que el caso Adorni ilustra no se rompen en una gestión. Ni en dos. Se erosionan lentamente, con instituciones que funcionen de manera consistente, con una justicia que actúe sin importar quién esté en el poder, y con ciudadanos que no miren para otro lado cuando el que falla es el propio.
Y ahí, paradójicamente, hay una señal esperanzadora en medio del escándalo: el caso se investigó. Se publicó. Llegó a la justicia. Adorni se fue. Eso no era obvio hace diez años en la Argentina. No es poco.
La historia, con su paciencia infinita, siempre termina poniendo las cosas en su lugar. A las personas, a los gobiernos, a los presidentes. Y también a los voceros.
Quedará en el registro que quien hablaba cada mañana en nombre de la transparencia no pudo resistir un flipper. No es un dato menor. Pero tampoco es el único dato.
La Argentina que paga sus cuentas, que aprende que la fiesta tiene costo, que sostiene el sacrificio con la esperanza de encaminarse, es más grande y más importante que cualquier monitor gamer.
Ojalá quienes gobiernan estén a la altura de esa sociedad. Por ahora, deben un poco más.
CB

