Malvinas tapó la plaza (y algo más)
A cincuenta años del Golpe de Estado en Argentina de 1976, el periodismo argentino parece haber encontrado un tono seguro: cifras, condenas, efemérides. Es correcto. Y, al mismo tiempo, insuficiente.
Porque repetir el horror sin explicar el contexto es, también, una forma de simplificación.
La Argentina de entonces no actuó en el vacío. Estaba inscripta en la Guerra Fría y en dispositivos regionales como la Operación Cóndor. No para diluir culpas locales, sino para entender por qué el lenguaje, los métodos y hasta las coartadas se parecían tanto entre países distintos.
Tampoco la Iglesia fue una sola cosa. Hubo jerarquías que eligieron el orden, sectores vinculados a la Teología de la Liberación que asumieron riesgos concretos, y una red menos visible de personas que salvaron vidas sin pedir reconocimiento. Reducir todo eso a una etiqueta tranquiliza, pero empobrece.
Lo verdaderamente incómodo, sin embargo, es otra cosa: la sociedad intermedia. El “segundo piso D”. Los que no vieron, los que no quisieron ver, los que eligieron no preguntar.
No eran monstruos. Eran, en muchos casos, ciudadanos comunes administrando miedo, rutina y conveniencia. Esa franja explica más que mil consignas.
Un ventanal de un primer piso de Florida y Charcas, frente a la plaza San Martín registraba el arribo de hombres que poco tenian que ver con la foto regular del lugar, siempre tan de saco y corbata o tan de turistas
Bajaban en Retiro, caminaban en grupos desde el conurbano y, antes de cruzar hacia Florida, se separaban. Sabían —sabíamos— que reunirse podía costar una detención.
Ese día la plaza se llenó.
Trabajadores. Resistieron horas.
Hubo hidrantes, golpes, dispersión. Y sin embargo, se quedaron.
Esa escena debería ocupar un lugar central en la memoria argentina. No lo ocupa.
Dos días después, el 2 de abril de 1982, el gobierno anunció el desembarco. La Guerra de las Malvinas reorganizó todo: la televisión convocó a donar oro, la épica reemplazó a la represión, y la plaza —esa plaza— desapareció de la conversación pública. Desapareció para siempre.
No fue un desliz. Fue una operación política. Un poder exhausto que buscó en la guerra lo que había perdido en la calle: legitimidad. Y que encontró, durante un breve pero decisivo lapso, una sociedad dispuesta a acompañar.
Por eso incomoda decirlo: Malvinas no interrumpió la historia de la dictadura; la completó.
Con los años, la memoria también se volvió un territorio de apropiación. Sectores que no siempre estuvieron en la primera línea de la resistencia pasaron a ocupar el centro del relato. Es un fenómeno comprensible —toda sociedad ordena su pasado—, pero no inocente.
Cuando la memoria se vuelve patrimonio exclusivo, deja de ser memoria y empieza a ser instrumento.
A cincuenta años, el problema no es la falta de información. Es la falta de complejidad.
Tal vez haya llegado el momento de decirlo sin rodeos: una parte de la Argentina no supo, otra no quiso saber y otra prefirió no incomodarse.
Y también hubo quienes, en silencio, hicieron lo contrario.
Entre esos extremos se jugó mucho más que una época. Se jugó una forma de mirarnos que todavía hoy sigue incompleta.
Y quizá por eso, todavía, hay cosas que una guerra logra tapar
FrecuenciaVyP

