No romperse en el intento


La política, dicen algunos, no es solamente tener razón. Es lograr que una sociedad atraviese un cambio sin romperse en el intento. Esta semana, entre el Senado y las calles de El Bolsón, esa idea se puso a prueba de dos maneras muy distintas.

Un día parlamentario, dos velocidades

El jueves fue día parlamentario en la Nación y en Río Negro. En el Senado, el proyecto de inviolabilidad de la propiedad privada impulsado por Federico Sturzenegger llegó a un punto de quiebre: la presión de los bloques aliados obligó a Patricia Bullrich a aceptar que se postergue el capítulo más controvertido, el que eliminaba las restricciones a la compra de tierras rurales por parte de extranjeros. Gobernadores de distintos signos —Rolando Figueroa en Neuquén, Gustavo Sáenz en Salta, Raúl Jalil en Catamarca, Hugo Passalacqua en Misiones— le bajaron línea a sus senadores para votar en contra. El oficialismo tenía 21 votos propios contra un bloque peronista y aliado que podía juntar casi 40 en contra. No era una foto de fortaleza.

Ese mismo día, en Río Negro, otra lógica se hacía visible. Ahí es donde entra la comparación que me interesa plantear: la de un gobernador, Alberto Weretilneck, que pareciera haber entendido —mucho antes y de forma más eficaz que otros dirigentes— que ningún cambio estructural se sostiene si la sociedad que lo atraviesa termina hecha pedazos en el camino. No hace falta compartir cada una de sus decisiones para reconocer el patrón: negociación permanente, construcción de consensos con actores que no siempre coinciden entre sí, y una capacidad de plantarse frente a Nación sin cortar el vínculo. Es una forma de hacer política que prioriza el “cómo” tanto como el “qué”.

Dicho esto, vale la aclaración: esta no es una tesis sin discusión. Quienes defienden el estilo más confrontativo y menos gradualista —el que hoy encarna buena parte de la gestión nacional— argumentan lo contrario: que el gradualismo perpetúa problemas que llevan décadas sin resolverse, y que a veces “romper” es la única forma real de destrabar algo estructural. Ambas posiciones tienen defensores serios y ninguna tiene el monopolio de la razón.

El Bolsón, la otra cara de la moneda

Mientras las cámaras de la televisión nacional —concentradas, como casi siempre, en la Plaza de los Dos Congresos— cubrían la discusión en Buenos Aires, el debate por la Ley de Tierras tuvo una réplica silenciosa en el interior. En El Bolsón, un pueblo que dejó de ser el “pueblucho hippie” de hace unas décadas a fuerza de esfuerzo, gestión y visión de largo plazo, la fachada del Hotel Cordillera terminó pintada de arriba abajo.

Las pintadas dicen, entre otras cosas: “La tierra no se vende”, “Puelmapu libres”, “Defender la montaña hasta el último aliento”, “Fuera genocida$”. Son consignas que, más allá de que se coincida o no con ellas, expresan un reclamo político con historia y con lógica propia: la demanda de autonomía territorial mapuche no es lo mismo que el rechazo a la extranjerización de tierras, aunque en la calle terminen mezcladas.

Pero hay una que no puede pasar sin nombrarse con precisión: “Fuera Sion”. Esa consigna no es un reclamo por la tierra ni por la identidad mapuche. Usar “Sion” como código para señalar intereses “extranjeros” o “poderosos” es un tropo antisemita con historia larga y conocida, que no tiene lugar en ningún reclamo legítimo, sea de izquierda, de derecha, ambiental o territorial. Que aparezca pintado junto a consignas de reclamo genuino no lo neutraliza: al contrario, contamina el reclamo de fondo y le da munición a quienes quieren reducir toda esa protesta a un exabrupto.

Ahí está la bronca que produce ver estas fotos: no es solamente el daño a una fachada. Es ver cómo un pueblo que se esforzó durante años para salir adelante, que construyó un destino turístico serio a pulmón, termina siendo el escenario de un discurso de odio que nada tiene que ver con el debate real que se dio esa misma semana en el Senado.

Lo que queda

Entre el Senado que negocia y la pared que insulta hay una distancia enorme, y ahí también se juega algo de lo que decíamos al principio: la diferencia entre una sociedad que discute un cambio —con matices, con recambios de posición, con gobernadores que se plantan— y una minoría que elige la pared y el aerosol antes que el argumento. Ese contraste, más que cualquier otro, es el que vale la pena mirar de cerca esta semana.

CB/ FrecuenciaVyP