Y…¿hasta cuándo?
Hay algo que el Gobierno de Javier Milei consiguió explicar con enorme eficacia: de dónde veníamos.
Una Argentina con inflación descontrolada, déficit permanente, emisión para financiar al Estado, sin crédito y con una economía que periódicamente terminaba chocando contra la misma pared.
Ese fue el relato del rescate.
Había que frenar. Ordenar las cuentas. Dejar de gastar lo que no teníamos. Terminar con la idea de que imprimir dinero podía reemplazar indefinidamente la producción y el crecimiento.
Millones de argentinos entendieron ese mensaje. Algunos con entusiasmo, otros simplemente porque recordaban demasiado bien lo que significaba vivir mirando los precios todos los días.
Y soportaron un ajuste enorme.
Pero ahora aparece otra pregunta.
¿Hasta cuándo?
No necesariamente es la pregunta de una sociedad que quiera volver atrás. Ese sería un error de interpretación política.
Es perfectamente posible que millones de personas no quieran volver al déficit, la emisión y la inflación y, al mismo tiempo, estén cansadas de vivir ajustadas.
Entonces el Gobierno necesita empezar a contar otra historia.
Ya explicó el rescate. Ahora tiene que explicar el destino.
¿Adónde estamos yendo?
¿Cómo sería, concretamente, esa Argentina si el programa funciona?
No dentro de treinta años. En la vida de cualquiera.
¿Una familia podrá sacar un crédito para comprar su casa? ¿Una pequeña empresa podrá financiar una máquina sin pagar tasas imposibles? ¿Habrá más empleo? ¿Los salarios podrán crecer durante varios años sin que la inflación vuelva a devorarlos? ¿Podremos ahorrar sin pensar inmediatamente en comprar dólares?
Eso es lo que falta poner delante de la sociedad.
Un mapa.
Estábamos acá. Estamos acá. Y queremos llegar acá.
Y entre un punto y otro explicar qué falta, cuánto depende de nosotros, qué riesgos existen y, sobre todo, cuáles serán las señales que permitan saber que efectivamente estamos avanzando.
Porque el sacrificio cambia cuando tiene horizonte.
Es como atravesar una ruta de ripio. Si uno no sabe dónde termina, cada kilómetro pesa más. Pero si aparece un cartel que dice “faltan 18 kilómetros”, el camino sigue siendo malo, el auto sigue saltando y el polvo sigue entrando por todas partes.
Pero sabemos que termina.
Milei construyó con enorme eficacia el relato de la emergencia. Ahora necesita construir el relato de la normalidad.
Y quizá deba hacerlo sin grandilocuencia. No alcanza con decir que dentro de algunas décadas Argentina será una potencia.
Hay una sociedad que necesita algo bastante más elemental:
“Hicimos esto para salir de allí. Estamos haciendo esto para atravesar esta etapa. Y cuando lleguemos allá, usted debería empezar a notarlo de esta manera.”
Incluso hay una frase que un gobierno debería animarse a pronunciar:
Todavía no llegamos.
Porque declarar la prosperidad antes de que la gente pueda verla en su propia casa no es comunicación: es propaganda.
Tal vez la gran discusión económica que comienza en la Argentina ya no sea si había que frenar la inflación. Es qué viene después.
Y la gran pregunta política puede ser todavía más sencilla:
Entendí por qué tuve que hacer el esfuerzo. Ahora dígame cuánto falta, hacia dónde vamos y cómo voy a saber que estamos llegando.
En 2027, esa respuesta puede valer bastante más que medio punto de inflación.

