Noventa minutos de humanidad

Confieso que no miro fútbol. Nunca fue una de mis grandes pasiones. Sin embargo, estos días me encontré leyendo el texto de un mexicano que, aun siendo hincha de un equipo enfrentado al de Lionel Messi, terminaba rindiéndose ante él. No hablaba desde la rivalidad. Hablaba desde la admiración.


Y me quedé pensando.


México y Argentina comparten un idioma y una parte de la herencia hispánica, pero son países muy distintos. México creció pegado a Estados Unidos, atravesado por una historia indígena y mestiza de una densidad extraordinaria. Argentina se construyó en el extremo sur, lejos de casi todo, sobre enormes extensiones despobladas y una fuerte inmigración europea.


No somos tan parecidos como solemos creer.

Sin embargo, un mexicano admirando a un argentino me llevó a otra reflexión.


Durante mucho tiempo, el fútbol parecía pertenecer a unos pocos. Europa y Sudamérica ocupaban el centro de la escena. Recuerdo aquellos dibujos de Caloi donde la presencia africana aparecía como una rareza simpática, una novedad que despertaba curiosidad. Hoy nadie se sorprende. África compite. Asia compite. Norteamérica compite. El juego se expandió hasta convertirse en uno de los pocos lenguajes verdaderamente universales.


Y quizás allí reside parte de su magia.


Ya no se trata solamente de quién gana o quién pierde. Se trata de ver cómo pueblos que hablan idiomas diferentes, profesan religiones distintas y arrastran historias incompatibles aceptan, aunque sea por noventa minutos, una misma regla, una misma pelota y una misma ilusión.


Vivimos tiempos donde casi todo parece dividirnos. La política divide. Las redes sociales dividen. Las ideologías dividen. Los algoritmos nos empujan permanentemente hacia tribus cada vez más pequeñas.


Y, sin embargo, aparece un mexicano celebrando a Messi. Un japonés admirando a un francés. Un africano emocionándose con una jugada de un argentino.


La humanidad reconociendo la excelencia allí donde aparece.


No alcanza para resolver los conflictos del mundo. No elimina las guerras ni las injusticias. Pero recuerda algo esencial: que debajo de nuestras diferencias seguimos compartiendo una condición común.


Tal vez por eso el fútbol importa más de lo que a veces creemos.


Porque, en el fondo, no se trata solamente de un deporte.


Se trata de cientos de millones de personas reuniéndose alrededor de un juego.


No alrededor de una guerra.


No alrededor de una crisis.


No alrededor del miedo.


Alrededor de un juego.


Y jugar es, probablemente, una de las formas más elementales de la paz.


Quizás por eso, cada vez que rueda una pelota y el mundo entero mira, ocurre algo extraordinario: por un instante, la humanidad recuerda que todavía sabe jugar junta.

MCB