¿Qué hacemos con la riqueza que viene?
La verdadera riqueza de Río Negro no será el petróleo que salga de su suelo, sino la capacidad de convertir esa renta en oportunidades para quienes seguirán viviendo allí cuando el petróleo ya no esté.
Esta mañana, mientras en Maquinchao la sensación térmica rondaba los catorce grados bajo cero, se conocía una noticia que, fuera de la Línea Sur, podría pasar inadvertida: la red de gas domiciliario está llegando a su etapa final.
Puede parecer una obra más. No lo es.
En un lugar donde el invierno condiciona la vida cotidiana durante meses, el gas no es un lujo: es infraestructura esencial. Es salud, es calidad de vida y también es una forma concreta de decir que vivir en la Patagonia profunda vale tanto como vivir en cualquier otro rincón del país.
Pero esa noticia también invita a una pregunta mucho más grande.
Río Negro está ingresando en una etapa inédita. El desarrollo energético, los proyectos vinculados al RIGI, la salida del petróleo por Punta Colorada, la minería, los puertos y otras inversiones prometen movilizar miles de millones de dólares durante las próximas décadas.
La discusión importante, entonces, ya no debería ser solamente si esas inversiones llegan o no llegan.
La pregunta de fondo es qué provincia queremos construir con esa riqueza.
Porque la historia está llena de territorios que exportaron enormes cantidades de recursos naturales sin lograr que esa prosperidad se tradujera en mejores escuelas, hospitales, rutas, universidades o pueblos con futuro.
También existen ejemplos diferentes: países que utilizaron esa riqueza para construir instituciones sólidas, infraestructura y oportunidades para varias generaciones.
Río Negro todavía está a tiempo de elegir ese camino.
Eso supone entender que el capital privado tiene un papel indispensable para realizar las grandes inversiones, pero que también existe una responsabilidad pública ineludible: asegurar que esa riqueza deje capacidades permanentes y no solamente balances extraordinarios.
Y allí aparece nuevamente Maquinchao.
Si hoy celebramos que una localidad de la Línea Sur acceda finalmente al gas domiciliario, quizás estemos viendo una imagen del desafío que viene: lograr que la riqueza extraordinaria no quede concentrada alrededor de un puerto o de un oleoducto, sino que alcance también a los pueblos donde todavía vivir implica enfrentar inviernos de catorce grados bajo cero.
Tal vez ese sea el verdadero debate que Río Negro necesita darse.
No cómo extraer más riqueza, sino cómo transformar esa riqueza en desarrollo.
Porque los recursos naturales se agotan. Las oportunidades, si se aprovechan bien, pueden durar mucho más que ellos.
CB

